¿Será lícito abreviar la vida de un enfermo que sufre sin esperanza de curarse?

Un hombre agoniza, presa de crueles dolores. Se sabe que su estado es desesperante. ¿Será lícito ahorrarle algunos instantes de angustia, precipitando su fin?

¿Quién os concedería el derecho de prejuzgar los designios de Dios?

¿Acaso no puede Él conducir a un hombre hasta el borde del sepulcro, y luego sacarlo de allí, a fin de hacerlo volver en sí y modificar sus pensamientos?

Aunque un moribundo haya llegado al último extremo, nadie puede decir con certeza que haya llegado su última hora.

¿Acaso la ciencia no se ha engañado alguna vez en sus previsiones?

Sé muy bien que hay casos que, con razón, pueden ser considerados desesperantes.

Sin embargo, aunque no quede ninguna esperanza fundada de un regreso definitivo a la vida y a la salud, ¿no hay innumerables ejemplos en los que el enfermo, en el momento mismo de exhalar el último suspiro, se reanima y recobra sus facultades por algunos instantes?

Pues bien, es posible que ese momento de gracia que se le concede sea para él de suma importancia, porque ignoráis las reflexiones que ha podido hacer su Espíritu durante las convulsiones de la agonía, y cuántos tormentos puede ahorrarle un instante de arrepentimiento.

El materialista, que sólo ve el cuerpo y a quien nada le importa el alma, no comprende estas cosas.

En cambio, el espírita, que sabe lo que sucede más allá de la tumba, conoce el valor de un postrer pensamiento.

Atenuad los últimos dolores tanto como podáis; pero guardaos de abreviar la vida, aunque sólo sea en un minuto, porque ese minuto puede evitar muchas lágrimas en el porvenir.

Espíritu San Luis. París, 1860.

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