Sacrificio de la propia vida

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Aquel que está hastiado de la vida, pero no quiere abreviarla con sus propias manos, ¿será culpable si busca morir en un campo de batalla, con el propósito de que su muerte tenga alguna utilidad?

Ya sea que el hombre se dé muerte o bien permita que otro lo mate, el objetivo es siempre abreviar su vida y, por consiguiente, hay suicidio de intención, si no de hecho.

La idea de que su muerte servirá para algo es ilusoria.

No es más que un pretexto para disimular su acción y disculparla ante sí mismo.

Si tuviera seriamente el deseo de servir a su país, procuraría vivir para defenderlo, en lugar de morir, porque una vez que haya muerto no le servirá para nada más.

La verdadera abnegación consiste en no temer a la muerte cuando se trata de ser útil, en afrontar el peligro, en ofrecer por anticipado y sin quejarse el sacrificio de la propia vida, si fuera necesario.

No obstante, la intención premeditada de buscar la muerte exponiéndose a un peligro, aunque sea para prestar un servicio, anula el mérito de la acción.

Espíritu San Luis. París, 1860.

Si un hombre se expone a un peligro inminente para salvar la vida de uno de sus semejantes, sabiendo por anticipado que eso le costará la muerte, ¿puede ese acto considerarse un suicidio?

Desde el momento en que no existe la intención de buscar la muerte, no hay suicidio, sino sacrificio y abnegación, aunque se tenga la certeza de perecer.

Pero ¿quién puede tener esa certeza?

¿Quién podrá asegurar que la Providencia no reserva un medio inesperado de salvación para el momento más crítico?

¿Acaso no podría ella salvar incluso a alguien que esté frente a la boca de un cañón?

Muchas veces la Providencia quiere llevar la prueba de la resignación hasta su límite extremo, y entonces una circunstancia inesperada desvía el golpe fatal.

Espíritu San Luis. París, 1860.

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