Pruebas voluntarias. El verdadero cilicio

Preguntáis si se permite al hombre aliviar sus propias pruebas.

Esa pregunta conduce a esta otra: Al que se ahoga, ¿se le permite tratar de salvarse?

Al que se clava una espina, ¿quitársela?

Al que está enfermo, ¿llamar al médico?

Las pruebas tienen por objeto ejercitar la inteligencia, al igual que la paciencia y la resignación.

Un hombre puede nacer en una situación penosa y complicada, precisamente para obligarlo a que busque los medios de vencer las dificultades.

El mérito consiste en soportar, sin que se queje, las consecuencias de los males que no es posible evitar, en perseverar en la lucha, en no desesperarse si no triunfa, pero nunca consiste en la omisión, que más sería pereza que virtud.

Esa pregunta da lugar, naturalmente, a esta otra.

Puesto que Jesús dijo: “Bienaventurados los afligidos”, ¿habrá algún mérito en que vayamos en busca de las aflicciones, agravando nuestras pruebas mediante padecimientos voluntarios?

A eso contestaré con mucha claridad: Así es, existe un gran mérito cuando los padecimientos y las privaciones tienen por objeto el bien del prójimo, porque se trata de la caridad a través del sacrificio.

Por el contrario, el mérito no existe cuando el objeto de esos padecimientos y esas privaciones es tan sólo el bien propio, porque se trata del egoísmo a través del fanatismo.

Aquí debe hacerse una distinción precisa.

En lo que os atañe personalmente, contentaos con las pruebas que Dios os envía y no aumentéis su carga, ya de por sí muy pesada algunas veces.

Aceptadlas sin quejas y con fe; es todo lo que Él os pide.

No debilitéis vuestro cuerpo con privaciones inútiles y maceraciones sin sentido, porque tenéis necesidad de todas vuestras fuerzas para cumplir en la Tierra la misión de trabajo que se os ha encomendado.

Torturar y martirizar voluntariamente vuestro cuerpo equivale a transgredir la ley de Dios, que os provee de los medios para sustentarlo y fortalecerlo.

Debilitarlo sin necesidad es un verdadero suicidio.

Utilizad, pero no abuséis: tal es la ley.

El abuso de las cosas buenas lleva consigo el castigo, en las consecuencias inevitables que acarrea.

Muy diferente es la situación cuando el hombre se impone padecimientos para alivio del prójimo.

Si sufrís frío y hambre para abrigar y alimentar al que tiene necesidad, y vuestro cuerpo padece por ello, hacéis un sacrificio que Dios bendice.

Vosotros, los que dejáis vuestros perfumados aposentos para ir a los desvanes infectos a llevar consuelo; vosotros, los que ensuciáis vuestras delicadas manos curando llagas; vosotros, los que os priváis del sueño para velar a la cabecera de un enfermo que no es más que vuestro hermano en Dios; vosotros, en fin, los que consumís vuestra salud en la práctica de las buenas obras, ya tenéis allí vuestro cilicio, un verdadero y bendito cilicio, porque los goces del mundo no han secado vuestro corazón, ni os habéis dormido en el seno de las voluptuosidades enervantes de la fortuna, sino que os habéis convertido en los ángeles consoladores de los pobres desheredados.

Vosotros, en cambio, los que os retiráis del mundo para evitar sus seducciones y vivir en el aislamiento, ¿para qué servís en la Tierra?

¿Dónde está vuestro valor ante las pruebas, puesto que huís de la lucha y desertáis del combate?

Si queréis un cilicio, aplicadlo a vuestras almas y no a vuestros cuerpos, mortificad vuestro Espíritu y no vuestra carne, fustigad vuestro orgullo, recibid las humillaciones sin quejaros, martirizad vuestro amor propio, fortaleceos contra el dolor que provocan la injuria y la calumnia, más punzante que el dolor físico.

Ese es el verdadero cilicio, cuyas heridas os serán tomadas en cuenta, porque atestiguarán vuestro valor y vuestra sumisión a la voluntad de Dios.

Firmado: Un Ángel de la guarda. París, 1863.

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