La Era Nueva

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Dios es único, y Moisés es el Espíritu que Dios envió en misión para darlo a conocer, no sólo a los hebreos, sino también a los pueblos paganos.

El pueblo hebreo fue el instrumento del que Dios se valió para hacer su revelación a través de Moisés y los profetas, y las vicisitudes de ese pueblo tenían el propósito de impresionar la vista de los hombres y rasgar el velo que les ocultaba a la Divinidad.

Los mandamientos que Dios comunicó por intermedio de Moisés contienen el germen de la más amplia moral cristiana.

Sin embargo, los comentarios de la Biblia restringían su sentido, porque si esa moral se hubiese transmitido en toda su pureza, no habría sido comprendida.

Con todo, los diez mandamientos de Dios no dejaron por ello de ser su brillante frontispicio, como un faro destinado a iluminar el camino que la humanidad debía recorrer.

La moral que Moisés enseñó era apropiada al estado de adelanto en que se encontraban los pueblos que esa moral estaba llamada a regenerar; y esos pueblos, casi salvajes en cuanto al perfeccionamiento de su alma, no hubiesen comprendido que se pudiera adorar a Dios de otra manera que por medio de holocaustos, ni que se debiera perdonar a un enemigo.

La inteligencia de esos pueblos, notable respecto a las cosas materiales y aun respecto a las artes y las ciencias, estaba muy atrasada en moralidad, y no se hubiese sometido al dominio de una religión absolutamente espiritual.

Necesitaban una representación semimaterial, tal como la que ofrecía entonces la religión hebraica.

Así, los holocaustos hablaban a sus sentidos, mientras que la idea de Dios hablaba a su espíritu.

Cristo fue el iniciador de la más pura moral, la más sublime: la moral evangélica cristiana que habrá de renovar al mundo, que reunirá a los hombres y los hermanará; que hará brotar de los corazones humanos la caridad y el amor al prójimo, y establecerá entre los hombres una solidaridad común; una moral que habrá de transformar la Tierra y que la convertirá en una morada de Espíritus superiores a los que hoy habitan en ella.

Así se cumplirá la ley del progreso, a la que está sometida la naturaleza, y el espiritismo es la palanca de que Dios se sirve para hacer que la humanidad avance.

Han llegado los tiempos en que las ideas morales habrán de desarrollarse para que se realicen los progresos que forman parte de los designios de Dios.

Deben seguir el mismo camino que han recorrido las ideas de libertad, sus precursoras. Con todo, no creáis que ese desarrollo se realizará sin luchas.

No, esas ideas necesitan, para llegar a la madurez, conmociones y disputas, a fin de que llamen la atención de las masas.

Cuando eso se logre, la belleza y la santidad de la moral impresionarán a los espíritus, y ellos se dedicarán a una ciencia que les da la clave de la vida futura y les abre las puertas de la eterna felicidad.

Moisés abrió el camino; Jesús continuó la obra; el espiritismo habrá de concluirla.

Un Espíritu israelita. Mulhouse, 1861

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