La melancolía

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¿Sabéis por qué una vaga tristeza se apodera a veces de vuestros corazones y os hace encontrar la vida tan amarga?

Es vuestro Espíritu que aspira a la felicidad y a la libertad y que, ligado al cuerpo que le sirve de prisión, se agota en vanos esfuerzos para salir de él.

No obstante, al reconocer que esos esfuerzos son inútiles, cae en el desaliento, y como el cuerpo sufre su influencia, se apoderan de vosotros la languidez, el abatimiento y una especie de apatía, que hacen que os consideréis desdichados.

Creedme, resistid con energía esas impresiones que debilitan vuestra voluntad.

Esas aspiraciones a una vida mejor son innatas en el alma de todos los hombres, pero no las busquéis en la Tierra.

Ahora, que Dios os envía a sus Espíritus para instruiros en la felicidad que Él os reserva, esperad con paciencia al ángel de la liberación que habrá de ayudaros a desatar los lazos que mantienen cautivo a vuestro Espíritu.

Recordad que, durante vuestra prueba en la Tierra, debéis cumplir una misión que no sospecháis, ya sea consagrándoos a vuestra familia, ya atendiendo las diversas obligaciones que Dios os ha confiado.

Y en caso de que, en el curso de esa prueba, al dar cumplimiento a vuestra tarea, veáis caer sobre vosotros los sobresaltos, las inquietudes y los pesares, sed fuertes y valerosos para soportarlos.

Afrontadlos con resolución.

Duran poco tiempo, y habrán de conduciros junto a los amigos a quienes lloráis, que se alegrarán de vuestra llegada y os tenderán los brazos para conduciros a un lugar donde no tienen acceso las aflicciones de la Tierra.

Espíritu François de Genève. Burdeos.

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