¿Debe ponerse término a las pruebas del prójimo?

¿Debe ponerse término a las pruebas del prójimo cuando eso sea posible, o por respeto a los designios de Dios hay que dejar que sigan su curso?

Os hemos dicho y repetido muchas veces que estáis en esta Tierra de expiación para poner fin a vuestras pruebas, y que todo lo que os sucede es la consecuencia de vuestras existencias anteriores, constituye el interés de la deuda que debéis pagar.

No obstante, esa idea provoca en ciertas personas reflexiones que deben ser combatidas, porque podrían acarrear funestas consecuencias.

Algunos piensan que, desde el momento en que estamos en la Tierra para expiar, es necesario que las pruebas sigan su curso.

Los hay también que llegan a creer que no solamente no debe hacerse nada para atenuarlas, sino que, por el contrario, se debe contribuir a que sean más provechosas, haciéndolas más pesadas aún.

Es un gran error.

En efecto, vuestras pruebas deben seguir el curso que Dios les ha trazado, pero ¿conocéis acaso ese curso?

¿Sabéis hasta qué punto deben llegar, y si vuestro Padre misericordioso no habrá dicho al sufrimiento de tal o cual de vuestros hermanos: “De aquí no pasarás”?

¿Sabéis si su providencia no os ha elegido, no como un instrumento de suplicio para agravar los padecimientos del culpable, sino como el bálsamo de consuelo que debe cicatrizar las llagas que su justicia abrirá?

Por consiguiente, cuando veáis que alguno de vuestros hermanos sufre, no digáis: “Es la justicia de Dios, y es preciso que siga su curso”.

Decid, por el contrario: “Veamos qué medios nuestro Padre misericordioso ha puesto a mi alcance para aliviar el dolor de mi hermano. Veamos si mi consuelo moral, mi apoyo material y mis consejos pueden ayudarlo a sobrellevar esta prueba con más fortaleza, paciencia y resignación. Veamos, incluso, si Dios ha puesto en mis manos los medios para hacer cesar ese dolor; si me permite, también como prueba o quizás como expiación, poner fin al mal y reemplazarlo por la paz”.

Así pues, ayudaos siempre, mutuamente, en vuestras pruebas, y nunca os consideréis instrumentos de tortura.

Esa idea debería sublevar al hombre de corazón, en especial al espírita, porque el espírita, mejor que cualquier otro, debe comprender la extensión infinita de la bondad de Dios.

El espírita tiene la obligación de pensar que su vida entera debe ser un acto de amor y de abnegación, y que sea lo que fuere que haga para oponerse a las decisiones del Señor, la justicia de Él seguirá su curso.

Puede, pues, sin temor, emplear todos los esfuerzos para atenuar la amargura de la expiación.

Con todo, sólo a Dios le compete interrumpirla o prolongarla, según lo juzgue conveniente.

¿No existiría en el hombre un gran orgullo si creyera, por decirlo de algún modo, que tiene derecho a revolver el arma en la herida?

¿A aumentar la dosis de veneno en el pecho del que sufre, con el pretexto de que se trata de su expiación?

¡Oh! Consideraos siempre como un instrumento elegido para hacerla cesar.

Resumamos: todos vosotros estáis en la Tierra para expiar; pero también todos, sin excepción, debéis esforzaros al máximo para aliviar la expiación de vuestros hermanos, de acuerdo con la ley de amor y caridad.

Firmado: Bernardin, Espíritu protector. Burdeos, 1863.

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