La forma no es nada, el pensamiento lo es todo

Los Espíritus han dicho siempre: “La forma no es nada; el pensamiento lo es todo. Ore cada uno según sus convicciones y de la manera que más lo conmueva, pues un buen pensamiento vale más que numerosas palabras en las que no toma parte el corazón”.

Los Espíritus no prescriben ninguna fórmula absoluta para las oraciones. Cuando lo hacen, es con el fin de fijar las ideas y, sobre todo, para llamar la atención sobre ciertos principios de la doctrina espírita. También lo hacen para ayudar a las personas que tienen dificultades para transmitir sus ideas, porque las hay que no creerían haber orado realmente si sus pensamientos no hubiesen sido formulados mediante la palabra.

(…) El objetivo de la oración es elevar nuestra alma a Dios. La diversidad de las fórmulas no debe establecer ninguna diferencia entre los que creen en Él, y aún menos entre los adeptos del espiritismo, porque Dios las acepta todas cuando son sinceras.

El espiritismo reconoce como buenas las oraciones de todos los cultos, cuando se dicen con el corazón y no con la boca. No impone ni rechaza ninguna. Dios es demasiado grande, según la doctrina espírita, para rechazar la voz que le implora o le canta alabanzas, sólo porque lo hace de un modo y no de otro. Quienquiera que censurase las oraciones que no están en su devocionario, demostraría que no conoce la grandeza de Dios. Creer que Dios escucha sólo una fórmula implica atribuirle la trivialidad y las pasiones humanas.

Una condición esencial de la oración, (…) es que sea inteligible, a fin de que pueda hablar a nuestro espíritu. Para conseguirlo no basta con que se diga en un lenguaje comprensible para el que ora. Hay algunas oraciones en lengua vulgar que no le dicen al pensamiento mucho más que si estuviesen en una lengua extraña y que, por ese motivo, no llegan al corazón. Las pocas ideas que contienen suelen quedar sofocadas por la superabundancia de palabras y por el misticismo del lenguaje.

La principal cualidad de la oración es la claridad, la sencillez y la concisión, sin la fraseología inútil ni el derroche de epítetos que apenas son adornos refulgentes. Cada palabra debe tener su sentido, despertar una idea, conmover una fibra. En síntesis, debe hacernos reflexionar. Solamente con esa condición la oración puede lograr su objetivo; de otro modo, no es más que ruido.

Texto extraído del libro: “El Evangelio según el Espiritismo” Cap. 28, Preámbulo – Allan Kardec

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