Ensayo teórico sobre la sensación en los Espíritus

  

Ensayo teórico sobre la sensación en los Espíritus

Notapor Kardec » Vie, 01 Mar 2013, 19:36

El cuerpo es el instrumento del dolor. Si no su causa primera, constituye al menos su causa inmediata. El alma tiene la percepción de ese dolor. Dicha percepción es el efecto. El recuerdo que conserve ella podrá ser sobremanera penoso, pero no puede tener una acción física. En efecto, ni el frío ni el calor pueden desorganizar los “tejidos” del alma. Ésta no podrá helarse ni quemarse. ¿No vemos a diario que el recuerdo o la aprensión de un mal físico produce el mismo efecto que la realidad? ¿E inclusive ocasiona la muerte? Todo el mundo sabe que las personas a quienes se ha amputado un miembro sienten dolor en ese miembro inexistente. Seguramente que no es dicho miembro la sede del dolor, ni aun su punto de partida. Es que el cerebro conserva la impresión de él, eso es todo. Se puede creer, pues, que hay algo análogo en los sufrimientos del Espíritu después de la muerte. Un más profundo estudio del periespíritu, que desempeña un rol tan importante en todos los fenómenos espíritas -las apariciones vaporosas o tangibles, el estado del Espíritu en el instante de la muerte, la idea, tan frecuente en él, de que sigue aún vivo, el cuadro conmovedor de los suicidas y los decapitados, el de las personas que se habían entregado por entero a los goces materiales, y tantos otros hechos-, ha venido a arrojar luz sobre esta cuestión y ha dado lugar a explicaciones cuyo resumen ofrecemos aquí.

El periespíritu es el lazo que une al Espíritu con la materia del cuerpo. Se toma del ambiente circundante, en el fluido universal. Se relaciona a la vez con la electricidad, el fluido magnético y, hasta cierto punto, con la materia inerte. Se podría afirmar que constituye la quintaesencia de la materia. Es el principio de la vida orgánica, pero no el de la vida intelectual. Esta última reside en el Espíritu. Es, además, el agente de las sensaciones exteriores. En el cuerpo, tales sensaciones se hallan localizadas en los órganos que les sirven de canales. Una vez destruido el cuerpo, las sensaciones se generalizan. Ved aquí por qué el Espíritu no manifiesta que le duela la cabeza más que los pies. Por otra parte, hay que cuidar no confundir las sensaciones del periespíritu, que se ha emancipado, con las del cuerpo. Sólo podemos tomar estas últimas como término de compa-ración, no como analogía. Cuando se ha desprendido del cuerpo, puede el Espíritu sufrir, pero ese padecimiento no es el del cuerpo. Tampoco se trata de un dolor exclusivamente moral, como el remordimiento, puesto que se queja del frío y del calor. No sufre más en invierno que en verano. Los hemos visto pasar a través de las llamas sin experimentar ninguna sensación penosa. Por tanto, la temperatura no les hace la menor impresión. El dolor que experimen-tan no es, pues, un dolor físico propiamente dicho. Se trata de un vago sentimiento íntimo, del que el Espíritu mismo no se da siempre perfecta cuenta, precisamente porque el dolor que siente no está localizado y no es producido por agentes exteriores. Constituye más bien un recuerdo que una realidad, pero un recuerdo asaz penoso. Hay, empero, a veces algo más que un recuerdo, conforme lo veremos.

Nos enseña la experiencia que en el instante de la muerte el periespíritu se desprende del cuerpo con mayor o menor lentitud. En los primeros momentos el Espíritu no se explica su situación. No cree estar muerto, sino que se siente vivir. Ve a un lado su cuerpo, sabe que es el suyo, y no comprende que se haya separado de él. Tal estado se prolonga en tanto siga existiendo una unión entre el cuerpo y el periespíritu. Nos decía un suicida: “No, no estoy muerto”. Añadiendo: “Y, sin embargo, siento que los gusanos me devoran”. Seguramente que los gusanos no devoraban el periespíritu, y aún menos el Espíritu, sino el cuerpo. Pero, como la separación del cuerpo y el periespíritu no era completa, de ello resultaba una especie de repercusión moral que le transmitía la sensación de lo que en el cuerpo estaba sucediendo. Quizá “repercusión” no sea la pala-bra adecuada, porque podría inducir a creer en un efecto demasiado material. Era más bien la vista de lo que ocurría en su cuerpo –al cual lo ligaba su periespíritu- lo que producía en él una ilusión que tomaba por realidad. Así pues, no se trataba de un recuerdo, puesto que en vida no había sido nunca devorado por gusanos. Era un sentimiento actual. Vemos, pues, las deducciones que de los hechos puede extraerse cuando se los observa con atención. En el trascurso de la vida, el cuerpo recibe las impresiones exteriores y las transmite al Espíritu por intermedio del periespíritu, que probablemente constituye lo que se denomina fluido nervioso. Estando muerto el cuerpo ya no siente nada, porque no hay en él Espíritu ni periespíritu. Desprendido del cuerpo, el periespíritu experimenta la sensación, pero como no le llega ya por un conducto determinado, es una sensación generalizada. Ahora bien, como el periespíritu sólo es en realidad un agente de transición, puesto que el que tiene conciencia es el Espíritu, de ello resulta que si pudiera existir un periespíritu sin Espíritu, aquél no sentiría más que un cuerpo cuando está muerto. Del mismo modo que si el Espíritu no tuviera periespíritu sería inaccesible a toda sensación penosa. Esto es lo que sucede con los Espíritus purificados del todo. Sabemos que cuanto más se depuran, tanto más etérea se torna la esencia del periespíritu. De donde se sigue que la influencia material disminuye a medida que el Espíritu progresa, vale decir, conforme el periespíritu mismo se va haciendo menos grosero.

Al decir que los Espíritus son inafectables por las impresiones de nuestra materia queremos referirnos a los Espíritus muy elevados, cuya etérea envoltura no tiene analogía en la Tierra. No sucede lo mismo con aquellos cuyo periespíritu es más denso: éstos perciben nuestros sonidos y olores, pero no por medio de una parte limitada de su Ser, como les ocurriría en vida. Se podría afirmar que las vibra-ciones moleculares se hacen sentir en la totalidad de su Ser y llegan así a su sensorio común, que es el Espíritu mismo, aunque de una manera diferente, y quizá por eso con una impresión también distinta, lo que origina un cambio en la percepción. Escuchan el sonido de nuestra voz y, sin embargo, nos comprenden sin ayuda de la palabra, por la sola transmisión del pensamiento. Y lo que acude en apoyo de lo que estamos afirmando es el hecho de que esa percepción resulta tanto más fácil cuanto más desmaterializado está el Espíritu. En lo que toca a la vista, la de ellos es independiente de nuestra luz. La facultad de ver constituye un atributo esencial del alma, para la cual no existe la oscuridad. Pero esa facultad es más amplia y penetrante en los Espíritus más purificados. El alma, o Espíritu, posee en sí, pues, facultades que le otorgan todas las percepciones. Durante la vida corporal tales percepciones son obstruidas por el carácter grosero de los órganos. En la existencia extracorpórea van siéndolo cada vez menos, a medida que la envoltura semimaterial se torna más depurada.

Esta envoltura, tomada del medio circundante, varía según la naturaleza de cada mundo. Al pasar de uno a otro globo, cambian los Espíritus su envoltura, de la manera que nosotros mudamos de ropa del verano al invierno o del polo al ecuador. Los Espíritus más elevados, cuando vienen a visitarnos, revisten sus periespíritus con los fluidos terrestres, y a partir de entonces sus percepciones se comportan como la de los Espíritus vulgares. Pero todos ellos, así los superiores como los inferiores, sólo entienden y sienten lo que quieren sentir y entender. Sin poseer órganos sensitivos, pueden a voluntad hacer que sus percepciones se activen o se tornen nulas. Tan sólo una cosa están obligados a escuchar: son los consejos de los Espíritus buenos. La vista sigue estando en actividad, pero pueden ellos recíprocamente hacerse invisibles. De acuerdo con su categoría, les es posible ocultarse de los que les son inferiores, mas no de aquellos otros superiores a ellos. En los primeros momentos que siguen a la muerte, la vista del Espíritu está siempre turbada y es confusa. Se va aclarando conforme se opera el desprendimiento, y podrá llegar a adquirir la misma claridad que poseía cuando se hallaba en vida, independientemente de su penetración a través de los cuerpos que para nosotros son opacos. Y en lo que respecta a su visión del espacio sin fin, así como del porvenir y el pasado, ella depende del grado de elevación y pureza de cada Espíritu.

Se replicará que toda esta teoría no es muy tranquilizadora. Pensábamos que, una vez desembarazados de nuestra burda envol-tura, instrumento de nuestros dolores, no sufriríamos más, y he aquí que venís a comunicarnos que seguiremos todavía padeciendo, no importa del modo que sea, pues no por eso sufriremos menos. Desdichadamente, sí, podemos padecer aún, y mucho y por muy largo tiempo, pero nos es posible asimismo no sufrir más, aun desde el instante mismo en que dejemos esta vida corporal.

Los dolores de la Tierra son a veces independientes de nosotros, pero muchos de ellos dependen de nuestra voluntad. Remontémonos a su origen y veremos que la mayoría son los resultados de causas que hubiéramos podido evitar. ¿Cuántos males y enfermedades debe el ser humano a sus excesos, a la ambición, a sus pasiones, en suma? El hombre que haya vivido siempre con sobriedad, sin abusar de nada; el que siempre haya sido sencillo en sus gustos y modesto en sus deseos, se ahorrará muchas tribulaciones. Y lo propio acontece con el Espíritu. Los sufrimientos que soporta son siempre la consecuencia del modo como vivió en la Tierra. Sin duda alguna, ya no le aquejarán la gota ni el reumatismo, pero sí otros dolores que no son menores. Hemos visto que sus congojas son el resultado de los lazos que existen todavía entre él y la materia; que cuanto más desembarazado está de la influencia de esta última –dicho de otro modo, cuanto más desmaterializado se halla-, menos sensaciones aflictivas experimenta.

Ahora bien, de él depende liberarse de dicha influencia ya en esta vida: tiene su libre arbitrio y, por tanto, le cabe elegir entre hacer y no hacer. Dome sus pasiones animales, no tenga odio ni envidia, celos ni orgullo, no se deje dominar por el egoísmo, purifique su alma mediante los buenos sentimientos, practique el bien, no conceda a las cosas de este mundo más importancia de la que merecen, y entonces, incluso bajo su envoltura corpórea ya se hallará depurado, ya estará desprendido de la materia, y cuando abandone esa envoltura no sufrirá más su influencia; los sufrimientos físicos que haya experimentado no dejarán en él ningún penoso recuerdo ni le quedará de ellos ninguna impresión desagradable, porque sólo afectaron al cuerpo y no el Espíritu; se sentirá dichoso de haberse liberado, y su tranquilidad de conciencia lo eximirá de todo padecimiento moral. Por nuestra parte, hemos interrogado a miles de Espíritus que pertenecieron en vida a todas las categorías de la sociedad, a todas las posiciones sociales. Los hemos estudiado en la totalidad de los períodos de su vida espírita, desde el instante mismo en que dejaron su cuerpo. Los seguimos paso a paso en esa vida de ultratumba para observar las mudanzas que en ellos se operaban, en sus ideas y sensaciones, y desde este punto de vista los hombres más vulgares han sido los que nos proveyeron de elementos de estudio no menos valiosos. Ahora bien, siempre hemos comprobado que los padecimientos se hallan en relación con la conducta, cuyas consecuencias sufren, y que esa nueva existencia constituye la fuente de una inefable ventura para aquellos que han seguido el recto camino. De lo que se deduce que los que sufren es porque así lo quisieron y sólo deben achacarlo a ellos mismos, así en el otro mundo como en éste.
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