Psicografía: Liberación (I)

Extraído del libro “Liberación” 
Título del original en portugués: “Libertaçao”
Publicado por Instituto de Difusâo Espírita
Derechos de Autor: Federación Espírita Brasileira
Primera edición en castellano – 1988
Autor Espíritual: André Luiz
Médium: Francisco Cândido Xavier
Traducción: Alipio González

El Espíritu humano actúa con la fuerza mental, tanto como maneja la 
electricidad, pero con la diferencia, que si aprendió a gastar la 
segunda en la transformación de la tierra, mal conoce la existencia 
de la primera, que preside los actos de la vida.

Los que se dispongan a trabajar en beneficio de los inferiores no 
han de olvidar que el amor es el compañero de aquellos que sirven.

El infierno no existe con los patrones de la antigua teología, donde 
se muestran, genios satánicos de todas las épocas y sí, esferas 
obscuras en las que se agregan conciencias sumergidas en la 
ignorancia, endurecidas en el ocio reprobable o confundidas en el 
eclipse temporal de la razón. Desesperadas y desobedientes, crean 
zonas de tormentos reparadores. Estas criaturas no obstante, no se 
regeneran a fuerza de palabras. Necesitan de amparo eficiente que 
las modifique el tono vibratorio, elevándoles el modo de sentir y 
pensar.

Estamos ante un mundo civilizado en la superficie, que reclama no 
solo la presencia de aquellos que enseñan el bien, sino 
principalmente de aquellos que lo practican.
Sobre los manantiales de la cultura, en la tierra, es imprescindible 
que desciendan los torrentes de la compasión del Cielo, a través de 
los montes del amor y de la renuncia.

Cristo no brilla solo por la enseñanza sublime. Resplandece en la 
demostración. En compañía de Él, es indispensable mantener el coraje 
de amparar y salvar, descendiendo a los recesos del abismo.

Somos aún entidades infinitamente humildes e imperfectas para ser 
candidatas, de pronto, a la condición de Ángeles.

No pasamos de ser, ante los espíritus Superiores que dominan en la 
sabiduría y en santidad, bacterias controladas por el impulso del 
hambre y por el magnetismo del amor. Somos microbios que sueñan con 
el crecimiento propio para la eternidad.

Cada especie de seres, del Cristal hasta el hombre y del hombre 
hasta el ángel, abarca innumerables familias de criaturas, operando 
en determinada frecuencia del Universo. Y el amor Divino nos alcanza 
a todos, a la manera del Sol que abraza a los sabios y a los 
ignorantes.

Más allá del principado humano, comienza vasto imperio espiritual, 
vecino a los hombres. Allí, se agitan millones de Espíritus 
imperfectos que comparten, con las criaturas terrenas, las 
condiciones de habitabilidad de la Corteza del Mundo. Seres humanos, 
situados en otra faja vibratoria, se apoyan en la mente encarnada, a 
través de incontables falanges, tan semi inconscientes en la 
responsabilidad y tan incompletas en la virtud, como los propios 
hombres.
En ese imperio, se alarga la materia en otros estados, y en esos 
otros estados la mente desencarnada, en viaje al conocimiento y a la 
virtud. Hombres y mujeres de todos los climas y de todas las 
civilizaciones, después de la muerte, penetran en esa región, en 
donde se prolongan las actividades terrenas y eligen el instinto de 
soberanía sobre la tierra como única felicidad digna del impulso a 
conquistar. Hijos rebeldes de Dios intentan desacreditar la grandeza 
divina, estimulando el poder autocrático de la inteligencia insumisa 
y orgullosa buscan preservar los círculos terrestres para la 
dilatación indefinida del odio y de la revuelta, de la vanidad y la 
criminalidad, en su expresión inferior, son consumidas sus fuerzas 
inutilizando su tiempo, sin percibir la situación dolorosa en la que 
se hallan.

Fuera del amor verdadero, toda unión es temporal, y la guerra será 
siempre el estado natural de aquellos que perseveran en la posición 
de indisciplina.

Raros son los que comprenden la muerte, que es una simple 
modificación del envoltorio y muy pocas personas, aun tratándose de 
los religiosos más avanzados, guardan la prudencia de vivir, en el 
envoltorio físico, de conformidad con los principios superiores que 
esposaron. El hombre, heredero presuntivo de la Corona Celeste, es 
el conductor del propio hombre. Entre el que se acerca a ángel y el 
salvaje que se limita con el irracional, existen millares de 
posiciones, ocupadas por el raciocinio y por el sentimiento de los 
más variados matices. Criaturas maravillosas y brillantes encarnadas 
y desencarnadas se dirigen hacia la sublimación, trabajando por la 
inmortalidad, belleza y esperanza exaltando la vida, y a la misma 
par existen otras criaturas infelices y obscuras interesadas en 
descender a los antros tenebrosos lanzando perturbación, desanimo, 
desorden y sombra, consagrando la muerte.

El infierno por esto mismo, es un problema de dirección espiritual. 
El mal es el desperdicio del tiempo o el empleo de la energía en el 
sentido contrario a los propósitos del Señor.

El sufrimiento es reparación o enseñanza reparadora. Hombres 
perversos, calculistas, delincuentes e inconsecuentes son vigilados 
por genios de la misma naturaleza, que se afinizan con las 
tendencias de las que son portadores.

El Planeta Terrestre, por el momento, no pasa de vasta criba de 
mejoramiento, al cual solamente los individuos excepcionales 
perfeccionados por su propio esfuerzo, consiguen escapar, en 
dirección a las esferas sublimes.

El sacrificio del Maestro representó el fermento divino, leudando 
toda la masa. Jesús, por encima de todo, es el Donador de la 
Sublimación para la vida imperecedera. Los que se dispongan a 
ayudarle en su obra de sublimación del hombre, han de perseverar en 
su esfuerzo personal, sino la obra regenerativa será aplazada 
indefinidamente, pues su concurso fraternal es indispensable, para 
que los hermanos provisionalmente impermeables en el mal, se 
conviertan a los Designios Divinos, aprendiendo a utilizar los 
poderes de la luz potencial del que deben ser detectores. Solamente 
el amor sentido, creído y vivido por los seguidores fieles provocará 
la eclosión de los rayos de amor en los semejantes, sin paralizar 
las energías del alma en la dirección divina, ajustándoles el 
magnetismo al centro del Universo, todo programa de redención es un 
conjunto de palabras, pecando por la improbabilidad flagrante.

No debemos desanimarnos y parar. A la manera del tronco frágil, es 
imperioso crecer, subir, para alcanzar la cima y a pesar de estar 
encadenados a lo que fuimos, reclamemos ascensión, aire puro y 
generosidad de condiciones, para producir el bien que el Señor 
espera de nosotros.

Los desencarnados se mueven en un campo de materia que se 
caracteriza por densidad específica, aunque enrarecida, y nuestra 
mente, en cualquier parte que se halle, es un centro psíquico de 
atracción y repulsión. Cada vida, por insignificante que sea, posee 
expresión magnética especial.

La mente es una entidad colocada entre fuerzas inferiores y 
superiores con objetivos de perfeccionamiento. El organismo 
periespiritual, fruto sublime de la evolución, como ocurre al cuerpo 
físico en la esfera de la Corteza, puede ser comparado a los polos 
de un aparato magnético eléctrico.

El Espíritu encarnado sufre la influencia inferior, a través de las 
regiones en que se sitúan el sexo y el estómago, y recibe los 
estímulos superiores, aún procedentes de almas no sublimadas, a 
través del corazón y el cerebro. La criatura busca manejar su propia 
voluntad, escoge la compañía que prefiere y se lanza al camino que 
desea.

No escasean millones de influjos primitivos, forzándonos, 
entretejiendo emociones y deseos, en bajos círculos, armándonos 
caídas momentáneas en abismos del sentimiento destructivo por las 
cuales ya peregrinamos hace muchos siglos, frente a millones de 
llamadas santificantes, invitándonos a la ascensión hacia la 
gloriosa inmortalidad.

Debemos amar a los ignorantes, a los débiles, a los infelices.

Se torna imprescindible caminar en los pasos de aquellos que, 
igualmente, un día, nos extendieron compasivas manos. El Señor del 
Universo perfecciona el carácter de los hijos, desviados de su casa, 
usando corazones endurecidos, temporalmente apartados de su obra.
No siempre el mejor juez puede ser el hombre más dulce.

(…)

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