Psicografía: Ejemplo de Obsesión

Extraído del libro: “Cartas y Crónicas”
Título original del Portugués: “Cartas e Crônicas”
Francisco Cándido Xavier – Médium
Dictado por el Espíritu Hermano “X”.
4ª Edición – Río de Janeiro – 1979
Editado por la FEB

“Ejemplo de Obsesión”

Cuando volví a encontrarme con mi amigo Custodio Sacarema en la Vida 
Espiritual, después de la efusión afectiva de compañeros separados 
desde mucho tiempo atrás, la charla se orientó naturalmente hacia 
los comentarios relativos a su nueva situación.  

Sabía que Custodio pertenecía a una Familia Espírita y seguramente, 
en esa condición, habría sacado el máximo de provecho de la 
existencia que acababa de abandonar. Pensando en eso le hice una 
pregunta, con la expectativa de saber que tenía un excelente bagaje 
para ingresar en zonas superiores. Sin embargo, Sacarema sonrió 
vagamente y me informó con la aguda autocrítica que le conocía en el 
mundo de los encarnados: 
-Bien, querido amigo, no aprecias lo que es una obsesión 
enmascarada, sin ninguna señal exterior. La Tierra me mandó de 
vuelta para acá según el viejo principio de “ganó pero no se lo 
lleva”. Acumulé mucha consideración y mucho dinero; sin embargo, 
vuelvo mucho más pobre que cuando partí rumbo a la reencarnación…

Como percibía que yo no estaba dispuesto a interrumpirlo continuó:

…No ignoras que renací en un hogar espírita, pero como le sucede a 
la mayoría de los que reencarnan, llevaba conmigo, ligados a mi 
clima psíquico, a algunos compañeros de vicios y extravagancias del 
pasado, quienes al no tener el cuerpo de carne, se valían de mí para 
vincularse a las sensaciones del plano terrestre, como si yo fuese 
una vaca en condiciones de cooperar en la alimentación y conducción 
de una pequeña familia… Debes creer que por mi parte, había retomado 
el arado de la vida física, llevando un excelente programa de 
trabajo que, de haber sido atendido me aseguraría un valioso avance 
en dirección a las vanguardias de la luz. No obstante, mis parásitos 
espirituales, astutos e inteligentes, actuaban disimuladamente, sin 
que ni en lo más mínimo presintiera su influencia… Y, ¿sabes cómo lo 
hacían?
-¿…?
– Por medio de simples reflexiones íntimas – prosiguió Sacarema 
desilusionado –. Tan pronto salí de la adolescencia, con una buena 
dosis de razonamiento lógicos en la cabeza, los instructores amigos 
me exhortaban, por boca de mis padres, a cultivar el reino del 
espíritu, refiriéndose al estudio, a la abnegación, al 
perfeccionamiento, pero dentro de mí las voces de mis compañeros 
surgían de mi mente como cursos de agua que fluyen de una vertiente, 
facilitándome  la falsa idea de que hablaba conmigo mismo: “¿Cosas 
del alma, Custodio? Nada de eso. Este momento es para que vivas la 
juventud, la alegría, el Sol… Deja la filosofía para después…” 
Transcurrido algún tiempo me gradué como universitario. Las 
advertencias provenientes del hogar se hicieron sentir con más 
intensidad, convocándome al deber; sin embargo, mis seguidores, 
hasta entonces invisibles para mí, replicaban también como una burla 
que los demás no oían: “¿Ahora? No es el momento oportuno, ¿De qué 
manera vas a compatibilizar la carrera que acabas de empezar con 
asuntos de religión? ¡Custodio, Custodio!… Respeta la opinión de 
las mayorías, ¡no te hagas el loco…!” Me casé y poco después los 
llamamientos a la espiritualización recrudecieron a mí alrededor. 
Mis hábiles explotadores, sin embargo, comentaron con 
vivacidad: “¡No cedas, Custodio! ¿Y las responsabilidades de 
familia? Es preciso trabajar, ganar dinero, obtener una posición, 
cuidar de la mujer y los hijos…” La muerte me quitó a mis padres y 
yo, abogado y dedicado a las finanzas, oía todavía los Buenos 
Espíritus por intermedio de compañeros aplicados, que me exigían 
dedicarme a la elevación moral, poniendo en ejecución los 
compromisos asumidos; no obstante, dentro de mi casa interior 
aumentaban los argumentos de mis obsesores inflexibles: “Custodio, 
tienes muchas ocupaciones… ¿Cómo vas a dedicar menos tiempo a los 
negocios? ¿Y la vida social? Piensa en la vida social… No estás 
preparado para la siembra de la fe…” Enseguida, amigo mío, llegó la 
vejez y la enfermedad, esas dos enfermeras del alma que viven 
dándose la mano en la Tierra. Empecé a sufrir y a desengañarme. 
Algunos escasos amigos que me visitaban en mi vejez, me transmitían 
las postreras invitaciones de la Espiritualidad Mayor, insistían 
conmigo, esperando que me consagrara a los sagrados asuntos del 
alma; sin embargo, desde entonces, los gritos de mis antiguo 
parásitos fueron más intensos, más irónicos, me inspiraban sarcasmo 
como si fuera yo mismo el que me ridiculizaba: ¡¿Tú, viejo 
Custodio?! ¿Qué vas a hacer con el Espiritismo? Es demasiado tarde… 
Profesión de fe, mensajes del otro mundo… ¿Qué se dirá de ti, viejo 
amigo? Tus mejores amigos hablarán de locura, de senilidad… No 
tengas dudas…Tus propios hijos te privarán  de derechos, como si 
fueras un enfermo mental, inepto para administrar ningún interés 
económico… Ya se te pasó el tiempo para eso…”

Custodio Sacarema me dirigió una significativa mirada y concluyó:

-Mis perseguidores no maltrataron mi cuerpo ni me turbaron la mente. 
Alimentaron tan sólo mi comodidad y con eso me impidieron todo 
avance renovador. Vuelvo de la Tierra, querido amigo, imitando al 
labrador endeudado que regresa con las manos vacías, de un campo 
fértil donde podría haber acumulado inimaginables tesoros… Sé que tú 
aún escribes para los hombres, nuestros hermanos. Cuéntales mi pobre 
experiencia; cuando estés junto a ellos refiérete a la obsesión 
pacífica, peligrosa, enmascarada… ¡Diles algo acerca del valor del 
tiempo, de la grandeza potencial de cada momento, dentro de la 
peregrinación humana!

Abrace a Sacarema que quedaba con la esperanza puesta en nuevas 
oportunidades, prometiendo atender su solicitud. Y aquí transcribo 
su enseñanza personal, que podrá servir a muchos, a pesar de que 
tengo la certeza de que si yo ahora estuviese reencarnado en la 
Tierra y recibiera de alguien semejante lección, tal vez estuviera 
muy poco dispuesto a aprovecharla.

(Relato dirigido a André Luiz)

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