Los Voluntarios del Desdoblamiento

LOS VOLUNTARIOS DEL DESDOBLAMIENTO
Por Leo Talamonti , de su libro “Universo Prohibido”, Ed. Plaza y 
Janes, 1970. 

-No, no era yo quien yacía en el lecho, sino mi cuerpo. Pero ¿qué es 
e1 cuerpo? Mi “yo” estaba allá, en la altiplanicie de Yemvi.
UGEMA UZAGO.

Un explorador de la dimensión ignorada
En el curso del último conflicto, uno de los oficiales franceses 
destinados al campo de prisioneros italianos de Guelma (Argelia) tuvo 
un insólito encuentro en plena noche. Cuando se dirigía a su 
alojamiento, a través del boscaje que se extendía en torno del campo, 
vio a un compañero de grado que paseaba meditabundo entre los árboles –
el teniente médico Lefebvre -, y lo apostrofó amistosamente, 
diciéndole: «¡Mira quién está ahí! ¿Qué haces aquí a estas horas?» La 
inaudita respuesta -que pronto se haría famosa y objeto de detalles 
interminables- fue ésta: «No estoy yo, es mi doble.» Tras lo cual, lo 
que parecía -pero, evidentemente, no era- el teniente Lefebvre se 
disolvió como niebla al sol, ante los ojos pasmados del joven oficial.

Creyendo haber sufrido alucinaciones, el oficial corrió a la 
enfermería, atravesó la habitación de paso, donde dormían los dos 
enfermeros, y penetró en la inmediata, que era la alcoba del teniente 
Lefebvre, y en ella encontró al oficial médico profundamente dormido. 
Las verificaciones subsiguientes pusieron de manifiesto estas 
circunstancias: primera, que el teniente Lefebvre no hubiera podido 
alejarse, aunque hubiera querido, del campo -que estaba debidamente 
vallado y guardado por centinelas – sin que estos últimos lo hubieran 
advertido (y, por el contrario, no lo habían visto en absoluto); 
segunda, el oficial médico a quien nos referimos se dedicaba desde 
hacía tiempo a prácticas y ejercicios insólitos aprendidos de un 
maestro oriental, los cuales tendían, en sustancia, a provocar la 
separación del yo consciente del cuerpo y su penetración en la 
dimensión ignorada del Universo donde el espacio no cuenta, y donde la 
psique parece capaz de prescindir del soporte corpóreo.

Continuamos en el ámbito de los llamados «desdoblamientos», pero con 
la diferencia de que aquellos de los que nos estamos ocupando son 
provocados artificialmente, con la explícita intención de que también 
el yo consciente salga del cuerpo y siga, en sus aventuras, al 
simulacro vagabundo y visible de sí mismo. Esta terminología de la 
separación, del despego del cuerpo y del «vagabundeo» no es la más 
adecuada para representar fenómenos que se sustraen, por su misma 
naturaleza, a las categorías espacio-temporales, pero no resulta fácil 
encontrar otra palabra que sea igualmente expresiva y práctica. Como 
ya se ha dicho a propósito de otros fenómenos que hemos ido 
analizando, también esta curiosa realidad de los fantasmas de personas 
vivas constituye un abierto desafío a las posiciones de cuantos están 
inclinados a negar la realidad autónoma de la psique, pero el desafío 
no es recogido y los hechos son sistemáticamente ignorados.

Debemos al espiritista francés P. E. Cornillier la información de 
algunas singulares experiencias realizadas en sí misma por la señora 
Mary C. Wlasek, que se había entrenado, como Lefebvre, para obtener el 
desdoblamiento voluntario. Los hechos se remontan a 1922. Mientras se 
hallaba de viaje hacia Los Ángeles, a donde se dirigía para 
representar a California en el congreso de las asociaciones 
espiritistas de los Estados Unidos, la señora Wlasek consiguió 
desdoblarse, y apareció simultáneamente en dos ocasiones, de manera 
bien visible, en el curso de dos sesiones mediúmnicas que se 
celebraron en aquella ciudad el 27 y el 28 de septiembre. Los 
participantes en tales sesiones quedaron tan entusiasmados por el 
éxito de las experiencias, que, de inmediato, quisieron expresar su 
satisfacción a la señora Wlasek mediante un telegrama. Conviene añadir 
que en los informes de este caso, muchos detalles se presentan según 
la interpretación espiritista, pero sabido es que las facultades 
creativas del yo secreto tienden siempre a adecuarse a las 
particulares exigencias de creencia y cultura de cada sujeto y de cada 
ambiente.

Teoría y práctica de las «separaciones»
En el campo de los fenómenos paranormales, muchas distinciones 
teóricas sugeridas por necesidades de exposición y estudio son 
contradichas, en la práctica, por los hechos, en el sentido de que no 
hay modo de distinguir con claridad ciertas categorías de fenómenos 
respecto de otras próximas a aquéllas. Por ejemplo, entre la 
clarividencia viajera de la que nos hemos ocupado en el capítulo 
segundo, a propósito de las extraordinarias facultades de Pasqualina 
Pezzola, y las excursiones de las que hablamos en éste, no hay más 
diferencia que la representada por la visibilidad externa y objetiva 
de un simulacro del sujeto que efectúa «la excursión». Probablemente, 
se trata del mismo fenómeno, pero en gradaciones de intensidad 
distinta, lo que parece confirmar la opinión de cuantos ponen en duda 
la existencia de un real dualismo entre los fenómenos del campo mental 
y los del campo físico.

Se sabe de sujetos, como el ingeniero Stefan Ossowiecki, que podían 
realizar indiferentemente la proyección mental pura y simple (con 
finalidad, digamos, reconocedora, como en el caso de Pasqualina 
Pezzola), o el desdoblamiento visible, caracterizado por la aparición 
a distancia de un simulacro semimaterial del cuerpo. Lo que más cuenta 
es que Ossowiecki podía transferir a aquel simulacro su propio 
psiquismo consciente, como se dice que puede hacer hoy el ingeniero 
danés Olle Jónsson, de quien se han ocupado varias comisiones de 
estudiosos. Pero se trata de sujetos excepcionalmente dotados desde el 
punto de vista mediúmnico y, además, muy raros.

Por el contrario, hay quien no poseyendo tales dotes por naturaleza, 
trata de desarrollarlas en sí mismo mediante algunas técnicas 
particulares del tipo de las enseñadas por el yoga sutra y el yoga 
tantra, de las que ya nos hemos ocupado con anterioridad. Está claro 
que para un occidental moderno, el aspecto problemático de tales 
prácticas viene representado por la posibilidad de conciliarlas, sin 
peligro de desequilibrios, con una mentalidad y con un sistema de vida 
que forman ya parte de nuestra naturaleza adquirida, y que no dejan 
mucho margen para tan desacostumbradas formas de evasión. Ello no 
impide que existan aún hoy espíritus deseosos de aventurarse en este 
género de experiencias a título de curiosidad o de investigación, como 
existían también en el siglo pasado y en los comienzos de éste, según 
documentos antiguos y recientes (los hay que se remontan a De Rochas y 
a1 profesor Schrenk-Notzing, además de las recogidas por Sylvan Mu-
doon y Hereward Carrington).

Entre los seguidores occidentales de tales prácticas conviene 
mencionar, en primer lugar, al doctor Francis Lefebvre, protagonista 
del episodio referido al comienzo del capítulo. Tras años de paciente 
entrenamiento basado en algunas técnicas yogas, este tenaz médico 
francés ha conseguido, al parecer, desarrollar cierta facultad de 
desdoblamiento voluntario. Los resultados conseguidos y las técnicas 
aplicadas han sido ilustrados por él en una ponderada obra que 
representa, ante todo, una curiosa tentativa de sincretismo entre la 
fisiología mística oriental y ciertos descubrimientos propios de la 
neurofisiología occidental, pero la balanza se decanta, con toda 
evidencia, hacia el lado del esoterismo oriental.

Se entiende que el desdoblamiento, como todo otro fenómeno infrecuente 
y no controlable a placer por los estudiosos, se encuentra envuelto 
con el programático escepticismo de quien exige garantías bien 
precisas de los aspectos insólitos de la realidad, antes de tomarlos 
siquiera en consideración. Entre los parapsicólogos que reconocen su 
existencia, y que se han ocupado del desdoblamiento como objeto de 
estudio, citemos a Hereward Carrington, Nandor Fodor, H. H. Price, 
Hornell Hart, Raynor C. Johnson, C. I. Ducasse, J. H. M. Whiteman y 
pocos más. Se reconoce particular competencia en materia de 
desdoblamientos a Whiteman, que a raíz de la conferencia de estudios 
parapsicológicos de Utrecht, en agosto de 1953, fue llamado a 
colaborar con otros especialistas en la redacción de una importante 
relación acerca de las diversas hipótesis posibles en materia de 
apariciones de vivos y muertos. Whiteman ha recogido y comentado los 
informes de 550 casos de «separación del cuerpo físico», muchos de los 
cuales están extraídos de su propia y directa experiencia. Una de sus 
observaciones más interesantes es que la mente de un sujeto «separado» 
se encuentra viviendo, como en sueños, en otro mundo, si bien 
conservando autonomía, reflexión y espíritu crítico (a diferencia de 
lo que sucede en el sueño).

El mismo autor distingue la «separación completa» -en la que la 
conciencia sale también del cuerpo – de los casos en los que «la 
mente, sostenida por la voluntad, puede separarse del organismo sin 
hacerle caer, no obstante, en la inconsciencia». Y para este último 
caso, habla de «liberación mística» y de «simplificación de la 
personalidad, con disminución y eliminación total o parcial de los 
elementos disarmónicos». Todo esto merecería, creemos, algo más que un 
simple interés negativo, desde el momento que presenta una conexión 
tan directa con la problemática de la naturaleza humana y de sus 
posibilidades en gran parte ignoradas.

El sueño que “abre las puertas de la distancia”

Pero Occidente huye sistemáticamente de este tipo de experiencias, y 
no puede decirse que falten las razones históricas y prácticas que 
expliquen esta actitud. Lo que no tiene justificación es la pretensión 
de negar la realidad humana y existencial que se esconde tras estas 
mismas experiencias, las cuales, por ello mismo, se encuentran mejor 
ambientadas en las sociedades que viven en estado natural, entre las 
cuales la existencia de aquella realidad no es objeto de discusión. 
Hay una documentación imponente a este respecto, pero deberemos 
limitarnos a algunas breves nociones, como complemento de las ya dadas 
en otras partes de la presente obra.

Entre los pueblos primitivos, con la idea del desdoblamiento (con y 
sin componente exterior y visible) se conecta invariablemente la de 
un «viaje del alma», que, a menudo, se realiza con fines prácticos: 
llamar a personas lejanas; descubrir a un ladrón; localizar la caza en 
sus escondrijos. Puede decirse, en suma, que la facultad de 
desdoblarse, que es propia de algunos individuos en este sentido más 
dotados (chamanes, brujos), representa, ni más ni menos, aun dentro de 
límites muy modestos, un factor de compensación para las lagunas de 
organización técnica propias de tales pueblos. A1 hechicero dayak 
incumbe, por ejemplo, la obligación de ir en busca de medicinas y 
remedios apropiados para los enfermos, lo que hace en estado de 
trance, en una sesión entre mágica y espiritista.

A este propósito, escribe Mauss: «Los circunstantes ven, sí, el cuerpo 
del mago presente, pero éste se halla ausente en espíritu e incluso en 
cuerpo, dado que su doble no es un puro espíritu y puede, incluso, 
actuar físicamente en el lugar a donde se ha trasladado por su 
voluntad directa.» El mismo Mauss habla del barn -otra especie de 
mago, que desempeña su cargo oficial en la tribu australiana de los 
kurnai-, que puede «mandar su alma a espiar a los enemigos que 
avanzan». También los chamanes tunguses «envían el alma»; y 
encontramos análogas creencias entre las tribus de los lapones, entre 
los indígenas de la Tierra de Fuego y entre algunas poblaciones del 
México central.

Más moderna e interesante es la concepción que se tiene en el Gabón a 
propósito de cierto plano de la realidad al que puede accederse sólo 
en un particular estado de conciencia, y que se llama ngmel, el 
lugar «donde el tiempo y la distancia no cuentan». Tras la exótica 
denominación está la innegable realidad representada por la dimensión 
hiperespacial del Universo, una concepción que aparece también entre 
los hechiceros zulúes, quienes pretenden poder «abrir las puertas de 
la distancia». Prácticas y concepciones análogas las encontramos 
también en el Tibet, y han sido descritas por David-Neel.

Esta escritora habla, por ejemplo, de una mujer de una aldea del 
Tsawarong que había permanecido inanimada durante toda una semana. En 
todo aquel período, había vagabundeado a placer, asombrada del hecho 
de sentirse en posesión de un «cuerpo» sumamente ágil, ligero y capaz 
de moverse con rapidez extraordinaria. «Le bastaba querer trasladarse 
a un lugar cualquiera, para encontrarse en él de inmediato. Podía 
atravesar los ríos caminando por encima del agua, traspasar las 
paredes…, etcétera.» Precisa aún la escritora: «Una sola cosa le era 
imposible: cortar un cordón de materia casi impalpable que la mantenía 
unida a su antiguo cuerpo…, tendido en su yacija.» Análogas 
creencias están difundidas en Costa de Oro, según el testimonio del 
médico inglés J. Shepley.

Cuando una creencia está difundida con características análogas en 
pueblos entre sí tan lejanos y distintos, además de privados de 
contactos e influjos recíprocos, el fenómeno adquiere una relevancia y 
un significado que merece un interés muy diferente del puramente 
etnológico y folklórico. Pero este interés, salvo excepciones, ha 
faltado hasta ahora. Según James Frazer, el punto débil de tales 
concepciones «mágicas» radica en el hecho de que el primitivo «asume 
las características mismas de su pensamiento como leyes naturales», lo 
que pretende ser una condena definitiva e inapelable para 
toda «ilusión mágica». De hecho, los esquemas mentales de Occidente no 
permiten, siquiera de lejos, suponer que el pensamiento -o, por mejor 
decir, cierta forma de psiquismo extraño a la esfera consciente- pueda 
de veras dictar sus leyes a la Naturaleza que conocemos, en nombre de 
~ otra Naturaleza más rica y poderosa.

La misión de Ugema Uzago
Una crítica autorizada de la actitud de los etnólogos en este campo ha 
sido expresada por Ernesto de Martino, que escribe (op. cit.): «Los 
etnólogos in loco continúan aceptando a medias hechos mágicos, salvo 
observaciones ocasionales y esporádicas. Los etnólogos in patria 
hablan de las meras pretensiones mágicas, las tachan a priori 
de “infundadas” y “subjetivas”, y, luego, construyen teorías 
apropiadas para explicar el mecanismo psicológico que da origen a las 
creencias ilusorias,» Volveremos, a su debido tiempo, a considerar 
esta actitud y las razones profundas que la inspiran, y ello, cuando 
tengamos que ocuparnos de los poderes psicocinéticos, que tienen una 
relación muy directa con el problema de la magia. Manteniéndonos por 
ahora en el ámbito de las «separaciones», queremos referir un episodio 
que nos parece demostrar bastante bien hasta qué punto son reales y 
operantes, entre ciertos pueblos primitivos, las concepciones mágicas 
de la realidad.

El caso fue referido de viva voz por el muy conocido padre Trilles a 
Olivier Leroy, que lo publicó en su libro aparecido en el año 1927, 
pero ya veinte años antes había sido dado a conocer a través de otra 
fuente francesa. El protagonista es un tal Ugema Uzago, hechicero y 
jefe de la tribu de los yabiku. Un día, aquél advirtió al misionero 
católico que debía trasladarse aquella misma noche a la altiplanicie 
de Yemvi, a un lugar situado a cuatro «largas jornadas» de marcha. Por 
tratarse de un traslado inmaterial, que debía realizarse por virtud 
mágica, se produciría de manera instantánea. Para convencer al hombre 
blanco de sus poderes reales, Ugema Uzago aceptó de buen grado el 
encargo que éste quiso darle para ponerlo a prueba. Por el camino, 
debería ordenar a un tal Esaba, amigo del misionero, que llevara lo 
antes posible a este último un paquete de cartuchos para su fusil.

Téngase en cuenta que Esaba residía en Ushong, una aldea situada a 
tres «largas jornadas» de marcha. Por la noche, el hechicero y el 
misionero se encontraron en la cabaña destinada a los rituales. Ugema 
Uzago se desnudó, se untó con un ungüento especial y comenzó a danzar 
en torno a una pequeña hoguera, a la que arrojaba puñados de 
sustancias aromáticas. A1 mismo tiempo, recitaba una serie 
interminable de invocaciones. A1 fin –eran las 21 horas-, el hechicero 
se tendió en una yacija y cayó en un sueño cataléptico que se parecía 
de manera impresionante a la muerte. El misionero permaneció velándolo 
hasta la mañana siguiente. Apenas despierto, Ugema Uzago le contó que 
había llevado a cabo ambos objetivos de su «viaje»; en primer lugar, 
se había dirigido a Ushong, para ejecutar el encargo recibido; luego, 
había proseguido hacia el altiplano de Yemvi, donde había participado 
en una reunión de brujos convocada por un no mejor 
identificado «maestro».

Que no se trataba de una mera vanagloria, fue demostrado a 
continuación por los hechos: tres días más tarde, llegó puntualmente 
Esaba, llevando el paquete de cartuchos que, tres noches antes, hacia 
las 21 horas, cierto espíritu «vagante en la oscuridad» le había 
ordenado entregar. Como se ve, recibir órdenes de un espíritu es un 
hecho natural en ciertas latitudes, e igualmente natural se considera 
que un cuerpo pueda yacer inanimado en un lecho mientras «el yo» se 
halla empeñado, a centenares de kilómetros de distancia, en acciones 
que no son puramente psíquicas, puesto que este «yo» puede hacer oír 
su voz y actuar de diversas maneras.

Si añadimos este testimonio a tantos otros, resulta del conjunto un 
hecho indiscutible que se refiere a la autonomía y la soberanía de la 
psique, que parece capaz de extender el yo – con todas sus facultades 
y prerrogativas, incluso físicas – más allá de todo límite de 
distancia. He aquí la gran lección que nos dan los llamados fenómenos 
de bilocación y de desdoblamiento, pero no es posible aceptarla sin 
haber renunciado antes a algunos apriorismos antropomórficos que se 
resisten a morir. 

El antropomorfismo tradicional viene representado, en primer lugar, 
por las innumerables limitaciones que el hombre ha creído encontrar en 
sí mismo y que, por el contrario, no existen. Otras concepciones 
antropomórficas están ligadas, en cambio, a la reviviscencia de 
antiguas doctrinas de derivación egipcia e hindú, que postulaban la 
existencia estable del famoso «doble» o «cuerpo sutil» que hoy es 
llamado también «etérico», «fluídico» o «astral».

A esta especie de duplicado semimaterial se atribuía, y aún se 
atribuye, la propiedad de poder salir temporalmente del cuerpo 
somático que lo alberga, si bien permaneciendo ligado a éste por 
un «cordón» de sustancia etérica. Esta concepción, querida de los 
ocultistas, perjudica, en realidad, a la versatilidad del psiquismo 
inconsciente, que puede crear, de hecho, no uno sólo, sino varios 
simulacros simultáneos del cuerpo físico a que pertenece. Y hasta 
puede dar vida efímera a otras formas carentes de toda semejanza con 
el sujeto físico, como resultará bien claro cuando tratemos de los 
fenómenos mediúmnicos de materialización. Todo depende, en suma, del 
género de aventura creativa en la que se empeña, de vez en cuando, 
nuestro director secreto, cuyas posibilidades, incluso de cierto orden 
material, no aparecen subordinadas ni a la distancia ni a las 
limitaciones físicas del organismo.

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