La Vida Extraterrena

LA VIDA EXTRATERRENA
Por el Dr. Alberto de Campos ( de su libro “El Enigma de la Muerte”)

¿Dónde va el alma humana después de la muerte del cuerpo y en qué 
condiciones realiza su existencia?

La índole especial de este asunto hace que la observación y la 
experimentación presten bien poco auxilio para resolverlo.

Personalmente nada sabemos de lo que pasa en la vida de ultratumba, 
puesto que de nuestra existencia sensible y racional sólo conocemos lo 
referente al corto tiempo de la actual encarnación estando 
completamente ignorantes de nuestras pasadas erraticidades.

Para internarnos en el estudio de este difícil problema sólo podremos 
echar mano de medios o motivos de razón.
La lógica tiene aquí ancho y apropiado campo para su ejercicio, 
buscando en la analogía, en la inducción. y en la deducción, las bases 
de una solución acertada.

Lo absurdo debe rechazarse, aceptando lo racional, si no como verdad 
absoluta y perpetua, como verdad relativa y actual. En estas 
condiciones vamos a estudiar el problema de la vida de ultratumba.

Los espíritus desencarnados, ¿ocupan en el espacio algún sitio fijo y 
determinado?

Todas las religiones han enseñado que las almas de los hombres, al 
separarse de sus cuerpos, iban a ocupar sitios predeterminados para 
albergarlas.

Por lo que respecta a la cristiana, sabido es que las mansiones son: 
el Infierno para los réprobos y el Cielo para los bienaventurados.

La errónea concepción del Universo ha venido, durante muchos siglos, 
prestando apoyo a las viejas teorías religiosas, considerando a la 
Tierra como el centro del Universo y como morada única de los seres 
racionales y sensibles.

Pero la ciencia moderna, al rectificar el antiguo sistema cosmogónico, 
ha destruido totalmente el tradicional concepto religioso.

Esta ciencia ha demostrado, de un modo positivo, que el espacio es 
infinito, que en ese insondable espacio en que las mayores distancias 
son menos que milésimas de milímetro, en relación a nuestras medidas, 
están sembrados a granel miles y millones de soles y planetas en 
condiciones de habitabilidad, lo cual, en buena lógica, es lo mismo 
que afirmar su habitación por seres racionales.

Ha demostrado, además, y esto con gran molestia de nuestro orgullo, 
que el planeta que habitamos, tanto por su volumen como por su 
naturaleza y situación, es muy inferior comparado con la mayoría de 
esos globos lejanos que el telescopio ha puesto a nuestro alcance.

Los progresos científicos han destruido el cielo de las religiones; en 
cambio nos han demostrado que los cielos son a millones, cual 
corresponde al poder y¡ a la magnificencia del Creador.

De lo dicho se desprende que las almas de los hombres no tienen lugar 
determinado y fijo en el espacio. Luego, es racional pensar que, en 
esa inmensidad, dichas almas se moverán con mayor o menor rapidez y en 
círculos más o menos extensos, según su grado de perfección, llevando 
en sí misma su cielo o su infierno. 

El primer trabajo del espíritu, después de la muerte del cuerpo, ha de 
consistir en darse cuenta de que ya no tiene cuerpo carnal, que ha 
dejado de ser hombre para ser espíritu libre, entrando en conocimiento 
del nuevo medio que le rodea y de las nuevas condiciones en que habrá 
de desarrollar su actividad.
El tiempo empleado en esta labor habrá de ser diferente en cada alma, 
pudiendo variar entre pocas horas y muchos años.

En esto influyen varias circunstancias, siendo las principales, según 
nuestro modo de ver, la elevación moral del espíritu y el género de 
muerte del cuerpo.

Por analogía habremos, pues, de deducir que, a igual grado de 
elevación, el alma de un hombre que haya muerto de repente sufrirá 
mayor trastorno y turbación que la de quien haya padecido una 
enfermedad crónica. En e1 primer caso el alma ha de quedar 
sorprendida, tanto por la brusquedad del cambio, cuanto por hallarse 
atareada en las ocupaciones y en los cuidados inherentes a la vida 
terrena.

Cuando precede a la desencarnación un período de enfermedad algo 
prolongado, la muerte se ve venir en cierto modo; la falta de salud 
nos desprende lentamente de las cosas mundanas, en las que no hallamos 
el menor placer, lo cual viene a ser una especie de aclimatación o 
preparación para la nueva vida.

El estado moral de las almas es la condición más influyente en la 
duración del período de turbación.

La ley de gravitación que observamos en el mundo físico reina con 
igual poder en el mundo psíquico. Fácil es comprender que, en virtud 
de dicha ley, las almas de los hombres materializados, que sólo han 
vivido la vida de la carne, habrán de quedar por atracción sujetas al 
cuerpo inanimado, ya que los lazos que a, él las han tenido unidas 
durante la vida son muy potentes.

Tales espíritus, no sólo no hacen el menor esfuerzo para entrar de 
lleno en la vida espiritual, con las condiciones relativas a su 
estado, sino que se empeñan con todas sus energías en dar vida al 
instrumento que tantos placeres les proporcionó.

En cambio, las almas adelantadas, bondadosas y reflexivas, que 
aprendieron a dar a las cosas materiales su mezquino valor, que 
lograron dominar todas las pasiones, que ejercitaron el amor y obraron 
la justicia, con convicción profunda de su inmortalidad y de la 
eficacia eterna del bien, romperán fácilmente los lazos que las unen 
al cuerpo, en busca del medio que por ley de afinidad les corresponde.

Pasemos a ocuparnos del otro aspecto de la vida extraterrena.

¿Cómo gozan y cómo sufren los espíritus desencarnados? ¿En qué 
consiste el Cielo y el Infierno? ¿Cómo se realiza el premio y el 
castigo de las almas?

Ante todo es necesario manifestar que las palabras premio y castigo, 
así como las ideas que encarnan son, si no absolutamente erróneos, muy 
imperfectas.

En rigor no hay premio ni castigo: no hay otra cosa más que el 
cumplimiento de la ley, en virtud de la cual las almas desencarnadas 
llevan en sí las huellas de sus actos voluntarios, huellas que 
constituyen su cielo si les producen satisfacción y placer, o su 
infierno si les causan disgusto y sufrimiento.

Por esto se ha dicho, y es verdad, que las almas, doquier que vayan, 
llevan siempre encima su cielo y su infierno.

Las ideas de premio y castigo suponen la existencia de un juez que 
juzga y falla.

No hay tal juez ni tal sentencia; sólo hay, y conviene repetirlo, la 
ley universal e inmanente.
El mismo espíritu es juez, fiscal y reo. Tarde o temprano analiza sus 
actos durante la vida terrena, gozándose en ellos si le causan 
satisfacción, o sufriendo si le producen pena su recuerdo.

La forma y manera de gozar y de sufrir do las almas, va viable hasta 
el infinito, viene por una ley general, dimanada del modo de ser y de 
estar de cada uno, o sea del grado de progreso y del medio que los 
envuelve.

De la misma manera que un ciego no puede deleitarse con las mil 
combinaciones de la luz, ni un sordo con las gratas armonías del 
sonido, un espíritu materializado será incapaz de gozar en los 
placeres más puros del orden moral.

Las dulces fruiciones del saber y del amar nada significan para los 
seres ignorantes y groseros.

Sus sensaciones, lo mismo que sus percepciones y sus ideas, no pasan 
más allá de lo terreno, moviéndose en un círculo estrechísimo trazado 
por la mezquindad de sus pasiones.

Tales espíritus, en virtud de la ley de gravitación moral, andan 
pegados a la tierra y pugnan atrozmente por dar vida a su envoltura 
carnal.

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