La tangibilidad de la Materia del Periespíritu. Norma Wallace

LA TANGIBILIDAD DE LA MATERIA DEL PERIESPÍRITU

(Por Norman Wallace, de su libro “Almas Libres y Almas Encarceladas”, 
Ediciones CIMA)

Enseña la doctrina espiritista, de acuerdo con lo revelado en las 
comunicaciones de los espíritus, y con lo que evidencian numerosos 
casos de la experimentación del mediumnismo, que además de cuerpo y 
alma, existe en el ser humano un tercer elemento, que enlaza y unifica 
a los otros dos. Este elemento es el periespíritu, y constituye la 
envolvente vestidura que viste el alma cuando abandona el organismo, 
temporalmente, en determinados casos de exteriorización, y de modo 
definitivo, cuando llega el instante del fallecimiento. Dicha 
envolvente de estructura tenuísima, de vaporosidad aérea, reproduce la 
forma del cuerpo físico hasta en sus menores detalles, y equivale al 
cuerpo etéreo de los teósofos, y al cuerpo astral, al doble de los 
ocultistas.

Hasta que las más modernas experimentaciones permitieron observar cómo 
se efectúa el fenómeno de la materialización, de las apariciones 
tangibles, casi siempre, merced a la sustancia de origen orgánico que 
Richet denominó ectoplasma, se atribuía al periespíritu o cuerpo 
astral del médium, proyectado al exterior y moldeado por el espíritu 
productor del fantasma. Ahora se hace distinción entre ambos casos, y 
hay así ejemplos de materializaciones que pertenecen especialmente al 
primero, y ejemplos de las que corresponden al segundo, si bien en 
unas y en otras suelen intervenir ambos, en mayor o menor proporción.
La falta de permanencia de las creaciones visibles del cuerpo astral y 
su cambiante tangibilidad, hacían que fuese muy difícil verificar 
ninguna observación exacta. “Obtener dicho cuerpo y examinarlo 
directamente – dice Bodisco, el autor del Tratado de la Luz en una 
información publicada en el periódico ruso Le Rebus- era mi más 
intenso deseo: estoy convencido de que el conocimiento de las leyes 
que lo rigen, producirá una inmensa revolución moral en la vida de los 
pueblos”.

El 5 de agosto de 1892, estando en Tsarkoie-Sele (lugar próximo a 
Petrogrado), cinco personas se reunieron en una estancia a oscuras. 
Dos de las presentes, cayeron en trance profundo, sólo por medio de 
una simple aplicación de la mano, sin que hubiese necesidad de acudir 
a dar pases. Algunos minutos después, distinguimos una mancha 
luminosa, que iba haciéndose cada vez más brillante, y que envolvía la 
mano derecha de uno de los durmientes.

Al través de esta sustancia (que me pareció un montoncito de nieve de 
azulada blancura) se distinguía la mano del individuo, y dicha materia 
dijérase que salía de la palma, originando un resplandor suficiente 
para iluminar a los objetos próximos. Deslizándose la mano sobre la 
mesa, se aproximó al lápiz y rodeado éste de vivo fulgor, comenzó a 
dar golpes y a escribir automáticamente a distancia de la mano, que 
continuó resplandeciente y bien visible durante el resto de la sesión. 
Repentinamente, el médium, sin salir de su especial estado, pronunció 
estas palabras: -Este es el cuerpo astral. Habéis sido testigos de su 
fuerza atractiva.

La luminosa sustancia no tardó en abandonar al lápiz, aumentando 
considerablemente de volumen. Entonces, el sujeto separó una pequeña 
parte: hizo con ella una a modo de pelota, que depositó en mi mano 
derecha, y en la izquierda me dejó un cuerpo duro y de peso, de 
blancura perfecta, que se había formado a la vista de todos los 
presentes.

Entonces, me dijo el médium: -En la mano derecha tienes un poco de 
fluido astral, y en la izquierda un pétreo pedazo, que no es más que 
materia astral condensada. En tu poder ahora tienes esa parte 
inmaterial del cuerpo humano, que es indestructible, y mediante la 
cual el mundo material se forma. La porción que tú tienes está 
inseparablemente unida a la que yo guardo; pero tú no te das cuenta de 
ello, y a tus ojos resultan separadas las dos porciones.

Proseguí sosteniendo y observando aquel cuerpo con atención incesante, 
y súbitamente experimenté la sensación del intenso calor que se 
desprendía de la piedra. A1 propio tiempo, advertí que perdía su 
lumínico poder, transformándose en un fulgor opaco sucio. El médium se 
apoderó de las dos cosas que tenía sobre mis manos: puso la piedra 
sobre la mesa rozando mi cabeza y mi cara, a la vez, con la sustancia 
esponjosa, roce que me produjo la sensación del contacto de un tul muy 
tenue. El sujeto, acto seguido, reunió la materia con sus manos, 
transformándola en una masa semejante al mercurio; puso en ella la 
piedra y presentó todo junto a mis ojos.

Por espacio de cinco minutos estuve examinando el prodigioso cuerpo, 
con incansable atención; lo palpé y admiré la transparencia y finura 
de la refulgente masa. Seguí con atención el decrecimiento de su luz; 
y vi cómo finalmente desapareció.

Entonces encendí una bujía y me cercioré de que los dos individuos 
continuaban estando en pleno trance, del cual ellos no salieron hasta 
después de haberles dado cierto número de pases. La sesión había 
durado más de una hora.

Después de tomar el té, y como quiera que hasta la hora de salida del 
último tren nos quedaba tiempo suficiente, propuse que repitiéramos 
tan interesantes experimentaciones.
Nos pusimos alrededor de la mesa, y al cabo de dos minutos, uno de los 
individuos caía en estado profundo de trance. Se levantó; fue a 
sentarse detrás de la cortina y nos pidió que encendiéramos la luz de 
magnesio. El súbito resplandor de la lámpara nos hizo cerrar los ojos; 
cuando los abrimos, observamos que el médium estaba echado en un 
sillón y recubierto, hasta la cintura, de ese tejido estupendo, tejido 
luminoso que esparcía en el cuarto una claridad de luna del más bello 
efecto, y que hacía visibles todas las cosas que había en la 
habitación.

El médium se levantó, recogió lentamente el prodigioso velo por encima 
de su cabeza, se aproximó a nosotros y volteando la luminosa 
sustancia, envolvió a todos en sus fluídicos pliegues.

También es muy notable la demostración dada en París por el médium 
William años antes, en 1875, en presencia de E.Bose, Gaetan Leymarie y 
otras personas reunidas en el domicilio de los señores Vay.

Bose lo refiere de la siguiente manera:
“…Esta sesión se verificó en los Campos Elíseos en la casa de un 
amigo nuestro, de nacionalidad rusa, el señor de Vay. Yo asistí; puedo 
garantizar la exactitud de lo ocurrido, y debo hacer constar que, una 
vez que la cortina fue separada, el cuarto en que permaneció el médium 
sólo estuvo iluminado por su propia luz astral, es decir, por cierta 
clase de gruesa lente iluminante que John King (la aparición) tenía en 
la mano y que paseaba desde su faz a la del médium dormido y echado 
sobre un canapé. William sudaba abundantemente. Este intenso 
resplandor me ha permitido conocer lo que yo creo que es el alma 
humana, considerándola como forma inmaterial o, por lo menos, el alma 
materializada momentáneamente.

Quise tener en mi mano esta especie de pequeña lámpara, y habiendo 
comunicado mi propósito a John King, éste, bastante desconfiado, no me 
entregó el astral de su médium hasta después que hubo inquirido de 
Leymarie, en quien parece que depositaba mucha confianza, si podía 
confiárseme el precioso depósito. En vista de la afirmación de dicho 
señor, que le dijo en voz alta: -Se puede confiar plenamente- John 
King ya no opuso reparos y me hizo entrega de la aludida condensación 
de fluido, a la que, a falta de nombre más adecuado la denominaré 
lamparita, puesto que tales fueron sus funciones durante la sesión.

He aquí lo que puedo decir del objeto que tuve en la palma de mi mano:
1° Produce calor (inversamente otras personas notan una sensación de 
frío).
2° Al rasparlo ligeramente con la uña, advertí que tenía la dureza de 
un cuerpo resistente, de consistencia análoga a la del cuerno. Su 
color era verde pálido muy brillante. Su forma, lenticular. Medía seis 
u ocho centímetros de diámetro por cuatro de espesor.

Obedeciendo al mandato que formulé mentalmente dicho objeto se elevó 
por encima de mi mano, se disolvió en el aire y se volvió a 
reconstruir instantáneamente; luego salió por el ángulo izquierdo del 
dormitorio y reapareció por el derecho. En resumen, he visto efectuado 
cuanto pensé, sin pronunciar ni una sola palabra.

Haré notar que, efectivamente, John King tenía sobradas razones para 
no confiar en ciertos individuos, pues muchos que no están al tanto de 
las cosas ocultas, sólo asisten a las sesiones con la idea fija de 
intentar experimentos extremadamente peligrosos para el médium casi 
siempre, y que pudieran llegar a matarlo…

La exteriorización del cuerpo astral, en forma invisible para nuestras 
ordinarias percepciones, es ya cosa demostrada científicamente y 
también que dicho cuerpo tiene la estructura, hasta en los menores 
detalles, del organismo vivo del cual procede.

Se deben estas importantísimas revelaciones, en primer lugar, al 
profesor Durville y están minuciosamente detalladas en su 
interesantísima obra “El Fantasma de los Vivos”, de la que copio la 
siguiente observación:
“El 17 de diciembre de 1907, a las nueve de la noche, estando a 
oscuras y presentes los señores François y Sygogne, catedrático este 
último de la Universidad de Bruselas, desdobló a la señora Franiçois y 
situó a mi lado tres pequeñas pantallas que quitó de la obra de 
Blondlot Los Rayos N, insoladas cuatro o cinco días antes”. (Estas 
pantallas son unos cartones que se preparan forrándolos con papel 
negro mate, sobre el cual se esparcían unas manchitas de sulfuro de 
calcio.)
“Después de haber realizado algunos experimentos de la percepción de 
sonidos y de olores, por conducto del fantasma exteriorizado, cojo dos 
pantallas y las presento a los que están conmigo, para que comprueben 
que no se nota ningún resplandor. Enseguida pongo una sobre las 
rodillas del sujeto y la otra en el fantasma, que ocupa el sillón 
dejado para él, a la izquierda de la persona dormida.
La pantalla puesta aquí se ilumina rápidamente y la otra continúa 
opaca…

El profesor Durville ha repetido este experimento numerosas veces, 
variando las condiciones de su realización para llegar a poder 
presentarlo como un hecho definitivamente adquirido y libre de 
cualquier objeción formulada por la crítica más intransigente.

Años después, un médico norteamericano, el doctor Walker-Holney, 
reprodujo estos estudios con las pantallas fosforescentes, 
perfeccionando el método hasta conseguir en dos de grandes dimensiones 
que se diseñara la forma fantasmal, reproduciendo exacta y precisa la 
huella del cuerpo del médium.

Hay, pues, que rendirse a la evidencia. El periespíritu de los 
espiritistas, el cuerpo astral de los esotéricos, el doble etéreo del 
psiquismo, es una realidad cada día mejor probada, fecunda en 
importantísimas consecuencias, para llegar a la iluminación de 
ese “más allá” que comienza en el supremo instante de la muerte.

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