La Conciencia. El Sentido Íntimo

LA CONCIENCIA. EL SENTIDO ÍNTIMO
(del libro “El Problema del Ser y del Destino” León Denis. Ediciones 
CIMA)

Nuestros precedentes estudios nos han demostrado que el alma es una 
emancipación, una partícula del absoluto. Sus vidas tienen por 
finalidad la manifestación creciente de lo que hay de divino en ella, 
el acrecentamiento del imperio que está llamado a ejercer por dentro y 
por fuera, con la ayuda de sus sentidos y de sus energías latentes.
Puede alcanzarse este resultado por diversos procedimientos, por la 
ciencia o por la meditación, por el trabajo o por el entrenamiento 
moral. El mejor procedimiento consiste en utilizar todos estos modos 
de aplicación, completándolos los unos con los otros. Pero el más 
eficaz de todos, es, aún, el examen interior, la introspección. 
Anudémosle el franqueamiento de los lazos materiales, la firme 
voluntad de mejorarse, la unión con Dios, en espíritu y en verdad, y 
entonces veremos que toda religión verdadera, toda profunda filosofía, 
encuentra allí su fuente y se resume en estas fórmulas. El resto, 
doctrinas, formas culturales, ritos y prácticas, no es más que el 
revestimiento exterior que oculta a las miradas de las muchedumbres, 
el alma de las religiones.

Víctor Hugo, escribía en el “Post-scriptum de mi vida”:
“En el interior del yo, es donde precisa mirar el exterior… 
Inclinándose sobre este pozo, nuestro espíritu, percibirá a cierta 
distancia del abismo, en un estrecho círculo, el inmenso mundo”.

Emerson lo decía igualmente:
“El alma es superior a lo que puede saberse de ella, y más sabia que 
ninguna de sus obras”.

El alma se liga, por sus profundidades, a la gran alma universal y 
eterna, de la que ella es como una vibración. Este origen, esta 
participación en la divina naturaleza explica las necesidades 
irresistibles del espíritu evolucionado; necesidad de infinito de 
justicia, de luz, necesidad de sondear todos los misterios, de apagar 
su sed en las fuentes vivas e inagotables de las cuales presiente la 
existencia, pero que no llega a descubrir en el plano de sus vidas 
terrestres.
De aquí provienen nuestras aspiraciones más altas, nuestro deseo de 
saber, jamás satisfecho, nuestro sentimiento de lo bello y del bien; 
de aquí las súbitas ráfagas radiantes que iluminan de tiempo en tiempo 
las tinieblas de la existencia, y estos presentimientos, esta 
previsión del por-venir, rayos fugitivos en el abismo del tiempo que 
fulguran a veces por ciertas inteligencias.
Por debajo de la superficie del yo, superficie agitada por los deseos, 
las esperanzas y los temores, está el santuario en donde reina la 
conciencia integral, apacible, serena, el principio de la Sabiduría y 
de la Razón, del cual, la mayoría de los hombres no tienen 
conocimiento más que por sordos impulsos o por vagos reflejos 
presentidos.
Todo el secreto de la dicha, de la perfección, está en la 
identificación, en la fusión en nosotros de estos dos planos o focos 
psíquicos. La causa de todos nuestros males, de todas nuestras 
miserias morales está en su oposición.
En la “Critica de la Razón Pura”, el gran filósofo de Kánigsberg, ha 
demostrado que la razón humana, es decir, esta razón de superficie de 
que hablamos, no podía, por sí misma, apreciar nada, probar nada de lo 
que toca a las realidades del mundo trascendental, a las fuentes de la 
vida, al espíritu, al alma, a Dios. Esta argumentación aborda lógica y 
necesariamente a esta consecuencia: que existe en nosotros un 
principio, una razón más profunda que por medio de la revelación 
interior, nos inicia en las verdades y en las leyes del mundo 
espiritual.

William James lo reconoce en estos términos:
“El Yo consciente es uno con el Yo más grande de donde le viene la 
deliberación”.

Y más adelante:
“Las prolongaciones del yo consciente, se extienden más allá del mundo 
de la sensación y de la razón, en una región que podríamos llamar o 
bien mística o bien sobrenatural. Por lo mismo que nuestras tendencias 
hacia el ideal tienen su origen en esta región y este es el caso de la 
mayor parte de ellas, ya que ellas nos poseen de un modo, del cual no 
nos podemos rendir cuenta- encontrándonos en ella arraigados más 
profundamente que en el mundo visible; ya que nuestras aspiraciones 
más altas son el centro de nuestra personalidad. Pero, este mundo 
invisible, no es solamente ideal: también produce efectos en el mundo 
sensible. Por la comunión con el invisible, el yo concluye por 
transformarse; devenimos hombres nuevos, y nuestra regeneración, 
modificando nuestra conducta, tiene su repercusión en el mundo 
material. Mas, ¿cómo rehusar el nombre de realidad a lo que produce 
efectos en el seno de otra realidad? ¿Con qué derecho los filósofos 
dirían que el mundo invisible es irreal?”

La conciencia, es, pues, como lo diría William James, el centro de la 
personalidad, centro permanente, indestructible, que persiste y se 
mantiene a través de todas las transformaciones del individuo. La 
conciencia es, no solamente la facultad de percibir, sino también el 
sentimiento que tenemos de vivir de obrar, de pensar, de querer. Ella 
es una e indivisible. La pluralidad de sus estados, nada prueba, ya lo 
hemos visto contra esta unidad. Estos estados son sucesivos, como las 
percepciones que con ellos se relacionan, y no simultáneas. Para 
demostrar que existen en nosotros varios centros autónomos de 
conciencia, sería necesario probar también que hay acciones y 
percepciones simultáneas y diferentes; pero esto no es ni puede ser. 
Sin embargo, la conciencia, en su unidad, presenta, ya lo hemos dicho, 
varios planos, varios aspectos. El físico, se confunde con lo que la 
ciencia llama el sensorium, es decir, la facultad de concentrar las 
sensaciones exteriores, coordinarlas, definirlas, apreciar sus causas 
y definir sus efectos. Poco a poco, por el hecho mismo de la 
evolución, estas sensaciones se multiplican y se afinan y la 
conciencia intelectual se desvela. Desde entonces su desenvolvimiento 
no tendrá ya límites, puesto que podrá abarcar todas las 
manifestaciones de la vida infinita. Entonces, se desarrollarán el 
sentimiento y el juicio, y el alma se percibirá a sí misma. Se 
volverá, a la vez, sujeto y objeto. En la multiplicidad y la variedad 
de sus operaciones mentales, tendrá siempre conciencia de lo que ella 
piense y quiera.
El yo se afirma y engrandece y la personalidad se completa por la 
manifestación de la conciencia moral o espiritual. La facultad de 
percibir los efectos del mundo sensible se ejercerá por procedimientos 
más eleva-dos. Tendrá entonces, la posibilidad de captar las 
vibraciones del mundo moral y discernir las causas y las leyes.
Es por estos sentidos interiores que el ser humano percibe los hechos 
y las verdades de orden trascendental. Los sentidos físicos son 
engañosos; no distinguen más que las apariencias de las cosas; y nada 
serían sin este sensorium que acapara y centraliza sus percepciones y 
las transmite al alma; ésta, registra el conjunto y desprende de ello 
el efecto útil. Por encima de este sensorium superficial, existe otro 
más oculto, que discierne las reglas y las cosas del mundo metafísico. 
Este es el sentido profundo desconocido, inutilizado por la mayor 
parte de los hombres, y que ciertos experimentadores han designado con 
el nombre de conciencia subliminal.
La mayoría de los grandes descubrimientos no han sido más que la 
confirmación en el orden físico, de las ideas percibidas por la 
intuición o el sentido íntimo. Por ejemplo Newton había concebido 
desde hacía tiempo, el fundamento de la atracción universal, cuando la 
caída de una manzana, presentó, a sus sentidos materiales, la 
demostración objetiva.
Del mismo modo que existe entre nosotros un organismo y un sensorium 
físicos que nos ponen en relación con los seres y las cosas del plano 
material, igualmente existe otro sentido espiritual, con cuyo auxilio, 
ciertos hombres penetran, desde luego, en los dominios de la vida 
invisible. Después de la muerte, luego que el velo de la carne haya 
caído, este sentido será el centro único de nuestras percepciones.
En la extensión y la liberación creciente de este centro espiritual, 
radica la ley de nuestra evolución psíquica, la renovación del ser, el 
secreto de su iluminación interior y progresiva. Por él nos 
desprendemos de lo relativo y de lo ilusorio, de todas las 
contingencias materiales, para ligarnos de más en más con lo inmutable 
y lo absoluto.
Así, pues, la ciencia experimental, será siempre insuficiente, a pesar 
de las ventajas que ofrece y de las conquistas que realiza, si no se 
completa por la intuición, por esta especie de adivinación interior 
que nos hace descubrir las verdades esenciales. Es una maravilla que 
sobrepasa a todas las exteriores; esta maravilla somos nosotros 
mismos: es, un espejo oculto en el hombre, que refleja todo el 
Universo.
Los que se absorben en el estudio exclusivo de los fenómenos, en la 
persecución de las formas cambiantes y de los hechos exteriores, 
buscan, muy a menudo, bien lejos esta certidumbre, este criterio que 
está en ellos mismos. Descuidan el escuchar las voces íntimas, el 
consultar las facultades de entendimiento que se desarrollan y afinan 
en el estudio silencioso y recogido. Este es el motivo porque las 
cosas de lo invisible, de lo impalpable, de lo divino, imperceptibles 
para tantos sabios, son percibidas, a veces, por los ignorantes. El 
más hermoso libro está en nosotros. El infinito se revela en él. 
¡Dichoso quien sepa leerlo!
Todo este dominio permanece cerrado al positivismo, que desdeña la 
sola clave, el solo instrumento con cuya ayuda puede penetrarse en él. 
El positivismo se dedica a experimentar, por medio de los sentidos 
físicos o instrumentos materiales, lo que escapa a toda medida 
objetiva, por la que el hombre de sentidos exteriores razona del mundo 
y de los seres metafísicos como razona un sordo de las reglas de la 
melodía, y un ciego de las leyes de la óptica. Pero, que el sentido 
interno se despierte y se ilumine en él; entonces comparada con esta 
luz que le inunda, la ciencia terrestre, tan grande, a sus ojos, 
anteriormente, se empequeñecerá en seguida.
El eminente psicólogo americano, William James, rector de la 
Universidad de Harvard, lo declara en estos términos:
“Puedo ponerme en la actitud del hombre de ciencia, y representarme 
vivamente que nada existe fuera de la sensación y de las leyes de la 
materia. Pero yo no puedo hacerlo sin sentir una admiración interior”.

“Fantasmagoría todo. Toda la experiencia humana en su viviente 
realidad, me impide salir de los estrechos límites en que pretende 
encerrarnos la ciencia. El mundo real está constituido de otro modo 
más rico y más complejo que el de la ciencia”.
Según Myers y Flournoy, de quienes hemos citado las opiniones, W. 
James establece a su turno, que la psicología oficial no puede ya 
desconocer estos planos de la conciencia profunda, colocados por 
debajo de la conciencia normal. Lo dice formalmente:
“Nuestra conciencia normal no es más que un tipo particular de 
conciencia, separado, como por una fina membrana, de muchas otras que 
esperan el momento favorable para entrar en juego. Podemos atravesar 
la vida sin sospechar su existencia, mas, en presencia del estimulante 
conveniente, aparecen reales y completos”.

A propósito de ciertas conversaciones añade:
“Se descubren nuevas profundidades en el alma a medida que se 
transforma, como si estuviera formada de capas superpuestas, de las 
cuales cada una permanece desconocida, en tanto está recubierta por 
las otras”.

Y más adelante añade:
“Cuando un hombre tiende conscientemente hacia un ideal, es, en 
general, hacia algo vago o impreciso. Y sin embargo, en el fondo de su 
organismo, existen fuerzas que crecen y van en un sentido determinado: 
los débiles esfuerzos subconscientes, vigorosos aliados que trabajan 
en la sombra; mas, estas fuerzas orgánicas convergen hacia un 
resultado que a menudo no es el mismo, y que siempre es mejor 
determinado que el ideal concebido, meditado y deseado por la 
conciencia clara”.

Todo esto lo confirma; la causa inicial, el principio de la sensación 
no está en el cuerpo, está en el alma. Los sentidos físicos no son más 
que la manifestación grosera, la prolongación, en la superficie del 
ser de los sentidos íntimos y ocultos.

El Chicago Chronicie, de diciembre de 1905, relata un caso 
extraordinario de manifestación del sexto sentido, que creemos 
necesario citar aquí. Se trata de una joven de diecisiete años, ciega 
y sordomuda, desde la edad de seis, en la cual se ha desarrollado, 
desde aquella época, una buena facultad:

“Ella Hophids pertenece a una buena familia de Utica, Nueva York. Hace 
tres años fue llevada por sus padres a una institución de Nueva York, 
destinada a la instrucción de sordomudos. Como a las demás criaturas 
de dicha casa, se la enseñó a leer, oír y a expresarse por medio de 
los dedos.
Ella, no solamente se apropió rápidamente de este lenguaje, sino que 
también llega a percibir lo que pasa a su alrededor, tan fácilmente 
como si gozase de sus sentidos normales. Sabe quien entra y sale, si 
es una persona conocida o extraña. Sigue y comprende una conversación 
sostenida en voz baja en la sala en donde se encuentre, y, a vuestra 
instancia, la relata fielmente por escrito. No se trata de una lectura 
del pensamiento, puesto que la joven no comprende el pensamiento de 
las personas presentes más que cuando lo expresan por medio de los 
órganos vocales.
Mas, esta facultad es intermitente y a veces se muestra bajo otros 
aspectos.
La memoria de ella; es de lo más notable. Lo que ha aprendido una vez 
y aprende muy deprisa jamás lo olvida. Sentada ante una máquina de 
escribir -los ojos fijos como si vieran- con un intenso interés sobre 
las teclas del instrumento, del cual se sirve con extremada precisión, 
tiene toda la apariencia de una joven inteligente, en plena posesión 
de sus facultades normales. Los ojos son claros y expresivos, la 
fisonomía animada y cambiante. Nadie creería en manera alguna, que 
ella es ciega, sorda y muda.
El director de la institución, M. Cuiries, está acostumbrado, es 
preciso decirlo, a la floración de facultades anormales en estos 
pobres afligidos, puesto que parece no extrañarle el caso de esta 
joven. “Todos nosotros, dice, somos conscientes de ciertas cosas, sin 
el auxilio aparente de los sentidos usuales… Los que están privados 
de dos o tres de estos sentidos y por lo tanto, se ven forzados a 
desarrollar otras facultades para reemplazarlos ven, naturalmente, a 
estas últimas crecer y fortalecerse”.
Hay en la misma clase de Ella, otras dos jovencitas igualmente ciegas, 
sordomudas, que poseen también ese sexto sentido, aunque en menor 
grado. Constituye un verdadero placer verlas a las tres reunidas, 
cambiar entre sí, rápidamente, el vuelo de sus pensamientos, teniendo, 
apenas, necesidad del contacto ligero de sus sensitivos dedos.
A la enumeración de estos hechos, añadiremos un testimonio de alto 
valor, el del profesor Cesare Lombroso, de la Universidad de Turín. 
Este profesor escribió en la revista italiana Arina, en junio de 1907:
“Hasta 1890 fui el adversario más tenaz del Espiritismo… Mas, he 
aquí que en 1891, tuve que batirme, en mi práctica médica, contra uno 
de los fenómenos más curiosos que hasta aquella fecha se me hubiera 
presentado. Tuve que cuidar y asistir a la hija de un alto funcionario 
de mi ciudad natal; esta joven fue víctima, en la época de la pubertad 
de un violento acceso de histerismo, acompañado de síntomas que ni la 
patología ni la fisiología podían darme la explicación. A ratos, sus 
ojos perdían la facultad de ver, y, en cambio, la enferma veía por las 
orejas. Era capaz de leer, con los ojos vendados, algunas líneas 
impresas, presentadas ante su oreja. Cuando se colocaba una bujía 
entre su oreja y la luz solar, sentía como una quemadura en los ojos y 
gritaba que se la quería cegar… aunque estos hechos no fue-sen 
nuevos, no por eso dejaban de ser menos singulares.
“Confieso, que, por lo menos, me parecían inexplicables por las 
teorías fisiológicas y patológicas establecidas hasta entonces. Una 
cosa sola me parecía bien clara, y es que la histérica ponía en 
acción, en una persona enteramente normal antes, unas fuerzas 
singulares, en relación con sentidos desconocidos. Entonces fue cuando 
se me ocurrió la idea de que, quizás el Espiritismo me facilitaría los 
medios de acercarme a la verdad”.

Para desarrollar y afinar la percepción de un modo general, es preciso 
trabajar, de momento, en desenvolver el sentido íntimo, el sentido 
espiritual. La mediumnidad nos demuestra que existen seres humanos 
mejor dotados, en relación de la visión y de la audición interiores, 
que ciertos espíritus viviendo en el espacio y cuyas percepciones son 
extremadamente limitadas a consecuencia de la insuficiencia de su 
evolución.
Cuanto más puros y desinteresados son los pensamientos y los actos, 
más la vida espiritual es intensa y predomina sobre la vida física y 
más los sentidos interiores se acrecientan. El velo que nos oculta el 
mundo fluídico, se deprime, tornase transparente y, detrás de él, el 
alma percibe un maravilloso conjunto de armonías y de bellezas. A1 
propio tiempo, llega a ser más apto para recoger y transmitir las 
revelaciones, las inspiraciones de los seres superiores, ya que el 
desenvolvimiento de sus sentidos internos, coincide, generalmente, con 
una atracción más enérgica de las radiaciones etéreas.
Cada plano del Universo, cada círculo de la vida, corresponde a un 
número de vibraciones que se acentúan y vuelvense más rápidas, más 
sutiles, a medida que se acercan a la vida perfecta. Los seres dotados 
de una débil potencia de radiación no pueden percibir las formas de 
vida que le son superiores. Pero, todo espíritu es capaz de obtener, 
por el entrenamiento de la voluntad y de la educación de los sentidos 
íntimos, una potencia de vibración que le permite laborar sobre planos 
más extensos. Nosotros encontramos una prueba de la intensidad de este 
modo de emisión mental en el hecho de que se ha visto a moribundos, o 
a personas en peligro de muerte, impresionar telegráficamente y a muy 
grandes distancias, a varias personas a la vez.
En realidad, cada uno de nosotros, podría si lo quisiese, comunicarse 
a todas horas con el mundo invisible. Somos espíritus: por la 
voluntad, podemos comandar a la materia y desprendernos de sus brazos 
para vivir en una esfera más libre, la esfera de la vida 
superconsciente. Para esto, es necesaria una cosa: espiritualizarse, 
volver a la vida del espíritu por una concentración perfecta de 
nuestras fuerzas interiores. Entonces nos hallamos frente a un orden 
de cosas, que ni el instinto, ni la experiencia, ni aun la razón 
pueden apreciar.
El alma, dentro de su expansión, puede romper la muralla de carne que 
la aprisiona y comunicarse, por sus propios sentidos, con los mundos 
superiores y divinos. Esto es lo que han podido hacer los videntes y 
los verdaderos sabios, los grandes místicos de todos los tiempos y de 
todas las religiones. William James lo afirma en estos términos:
“El más importante resultado del éxtasis es el hacer caer toda barrera 
entre el individuo y el absoluto. Por él nos damos cuenta de nuestra 
identidad con el infinito; esta es la eterna y triunfante experiencia 
del misticismo que se encuentra en todos los climas y en todas las 
religiones. Todas hacen oír los mismos acentos con una imponente 
unanimidad; todas proclaman la unidad del hombre con Dios”.

Además, expone aun sus miras acerca del misticismo:
Los estados místicos aparecen al sujeto como una forma de 
conocimiento. Ellos le revelan profundidades de verdad insondables a 
la razón discursiva. Es esta una iluminación de una riqueza 
inagotable, de la cual se siente que tendrá sobre toda la vida una 
inmensa trascendencia.
Llegados a su pleno desarrollo, estos estados se imponen de hecho y de 
derecho, con absoluta autoridad a los que los han sentido… Ellos se 
oponen a la autoridad de la conciencia puramente racional, fundada 
únicamente sobre el entendimiento y los sentidos, probando que no es 
más que uno de los estados de la conciencia”.

William James, piensa igualmente, que los estados místicos podrían ser 
considerados como ventanas abiertas sobre un mundo más extenso y más 
completo, y añade:
“Aun cuando cada místico viera por su ventana un mundo diferente, esta 
diversidad no desfiguraría en nada nuestras hipótesis. Esto sería que 
el mundo mayor, que ellos perciben, sería también complejo como lo es 
el nuestro: he allí todo. Tendría sus regiones celestes y sus regiones 
infernales, sus tentaciones y sus liberaciones, sus experiencias 
verdaderas y sus ilusiones; se asemejaría a nuestro mundo, aun siendo 
mucho mayor que él”.
El Espiritismo, en cierta medida, demuestra la justicia de sus 
apreciaciones. La mediumnidad, bajo sus formas tan variadas, es 
también la resultante de un entrenamiento psíquico que permite a los 
sentidos del alma entrar en acción, sustraerse por un momento, a los 
sentidos físicos, y percibir lo que es imperceptible a los demás 
hombres. Ella se caracteriza y desenvuelve según las aptitudes que el 
sentido íntimo tiende a dominar de una manera u otra y manifestarse 
por una de las habituales vías de la sensación. El espíritu que desea 
comunicarse, reconoce a primera vista el sentido orgánico que, en el 
médium, le servirá de intermediario, y bajo este punto obra. Tan 
pronto es la palabra como la escritura, por la acción mecánica de la 
mano; es el cerebro cuando se trata de la mediumnidad intuitiva. En 
las incorporaciones temporales, es la posesión plena y entera y la 
adaptación de los sentidos espirituales de la entidad a los sentidos 
físicos del sujeto.
La facultad más común es la clarividencia, es decir, la percepción, 
con los ojos cerrados, de lo que pasa a lo lejos, sea en el tiempo, 
sea en el espacio, ya en el pasado, ya en el porvenir. Es la 
penetración del espíritu del clarividente en los medios fluídicos, en 
los que se registran los hechos realizados y en donde se elaboran los 
planes de las cosas futuras.
A menudo, la clarividencia se ejerce inconscientemente, sin ninguna 
preparación. En este caso, ella resulta de la evolución natural de la 
percepción; pero también se la puede provocar del mismo modo que la 
visión espírita. Esta última no tiene siempre por objetivo una 
realidad permanente y sí más bien la percepción de seres u objetos 
fluídicos temporalmente materializados. Esta visión puede ejercerse 
directamente, bien en el espejo, el vaso de agua o la bola de cristal.
Puede adquirirse también la clariaudiencia, la audición de las voces 
interiores, modo de comunicación posible con los espíritus. Otra 
manifestación de los sentidos íntimos, es la lectura de los 
acontecimientos registrados, fotografiados en cierta forma, en el 
ambiente de un objeto antiguo o moderno. Por ejemplo, un trozo de 
arma, una medalla, un fragmento de sarcófago, una piedra procedente de 
una ruina, evocarán, en el alma del vidente, toda una serie de 
imágenes; relacionadas con los tiempos y los lugares a los cuales 
aquellos objetos habían pertenecido. Esto es lo que se llama 
psicometría.
Añadamos también los sueños simbólicos, los sueños premonitorios y aun 
los presentimientos oscuros que nos advierten de un peligro 
insospechado. Muchas personas, ya lo hemos dicho, tienen, sin saberlo, 
la facultad de comunicar por el sentido íntimo, con sus amigos del 
espacio. De este género son las almas verdaderamente espirituales, 
esto es, idealizadas, en quienes las pruebas, los sufrimientos, un 
largo entrenamiento moral, han afinado los sentidos sutiles, los han 
hecho más sensibles a las vibraciones de los pensamientos exteriores. 
A menudo almas humanas angustiadas, se han dirigido a mí para 
solicitar del más allá consejos o indicaciones que no me ha sido 
posible proporcionarles. En su vista, les recomendaba entonces, el 
experimento siguiente, que a veces daba buen resultado. Replegaos, les 
decía, en vosotros mismos, en el aislamiento y en el silencio. Elevad 
vuestros pensamientos hacia Dios; llamad a vuestro espíritu protector, 
este guía tutelar que la Providencia junta a nuestros pasos en el 
viaje de la vida. Interrogadle acerca de las cuestiones que os 
preocupan, en la condición de que ellas sean dignas de él; desprendeos 
de todo bajo interés; ¡luego esperad! Escuchad atentamente en vuestro 
interior, y al cabo de un instante, en las profundidades de vuestra 
conciencia oiréis como el débil eco de una voz lejana, o mejor dicho, 
percibiréis las vibraciones de un pensamiento misterioso, que arrojará 
vuestras dudas, disipará vuestras angustias, os mecerá en la esperanza 
y en el consuelo.
Es esta, en efecto, una de las formas de la mediumnidad y no de las 
menos hermosas. Todos pueden obtenerla y participar de esta comunión 
de los vivos y los muertos, que está llamada a extenderse un día por 
la humanidad entera.
Se puede, por este mismo proceder, corresponder con el plano divino. 
En circunstancias difíciles de mi vida, cuando titubeaba entre 
resoluciones distintas sobre la tarea que me ha sido confiada de 
extender las verdades consoladoras del neoespiritualismo, apelando a 
la entidad suprema; sentía siempre resonar una voz grave y solemne que 
me dictaba mi deber; clara y distinta, sin embargo, esta voz parecía 
provenir de un punto muy lejano. Su acento de ternura me conmovía 
hasta provocar mis lágrimas.
La intuición no es, pues, otra cosa que una de las formas empleadas 
por los habitantes del mundo invisible para transmitirnos sus 
advertencias, sus instrucciones. Otras veces será la revelación de la 
conciencia profunda a la conciencia normal. En el primer caso, puede 
ser considerada como una inspiración. Por la mediumnidad, el espíritu 
infunde sus ideas en el entendimiento del transmisor. Este, 
proporcionará la expresión, la forma, el lenguaje, y, en la medida de 
su desenvolvimiento cerebral, el espíritu hallará en él los medios más 
o menos seguros y abundantes para comunicar su pensamiento en toda su 
extensión y esplendor.
La mente del espíritu actuante es una en su principio de emisión; mas, 
varía en sus manifestaciones, según el estado más o menos perfecto de 
los instrumentos que emplea. Cada médium sella, con la huella de su 
personalidad, la inspiración que le llega de lo alto. Cuanto más 
cultivado es el intelecto del sujeto, cuanto más espiritualizado, más 
los instintos materiales están comprimidos en él y más el pensamiento 
superior será transmitido con pureza y fidelidad.
La ancha corriente de un río no puede deslizarse a través de un 
estrecho canal; del mismo modo el espíritu inspirador no logrará 
transmitir por el organismo del médium, más que aquellas concepciones 
que hallen una salida preparada. Por medio de un gran esfuerzo mental, 
bajo la excitación de una fuerza exterior, el médium podrá expresar 
concepciones que estarán muy por encima de su propio saber; pero, en 
la expresión de las ideas sugeridas, se hallarán sus términos y 
expresiones favoritas, sus frases habituales, aunque el estimulante 
que le impulsa, le preste, por un instante, una mayor amplitud y 
elevación a su lenguaje.
En esto vemos cuántas dificultades, cuántos obstáculos opone el 
organismo humano a la transmisión fiel y entera de las concepciones 
del alma, y cuánto un largo entrenamiento, una educación prolongada 
son necesarios para dulcificarlo y adaptarlo a las necesidades de la 
inteligencia que le mueve. Y esto no se aplica solamente al espíritu 
desencarnado, que quiere manifestarse con ayuda de un intermediario 
mortal; también puede y debe aplicarse al alma encarnada misma, cuyas 
concepciones profundas no alcanzan jamás salir a la luz en toda su 
plenitud sobre el plano terrestre como lo afirman todos los hombres de 
genio, y particularmente los compositores y los poetas.

En el primer grado, la inspiración es consciente; pero, desde que la 
acción del espíritu se acentúa, el médium se halla bajo la influencia 
de una fuerza que le hace obrar independientemente de su voluntad. O 
bien una especie de pesadez le invade; sus ojos se velan y pierde 
conciencia de sí mismo para pasar bajo el dominio de una voluntad 
invisible. En este caso, el médium no es más que un instrumento, un 
aparato de recepción y transmisión. Del mismo modo que una máquina 
obedece a la corriente eléctrica que la acciona, el médium obedece, 
entonces, a la corriente de pensamientos que lo invade.
En el ejercicio de la mediumnidad intuitiva, en el estado de vigilia, 
muchos se descorazonan ante la imposibilidad de distinguir las ideas 
que nos son sugeridas. Y sin embargo, es muy fácil, creemos, el 
reconocer las ideas de procedencia extraña. Estas últimas, brotan 
espontáneamente, de improviso, como llamaradas súbitas emanando de un 
foco desconocido; mientras que nuestras ideas personales, las que 
provienen de nuestro fondo, están siempre a nuestra disposición y 
ocupan, de un modo permanente, nuestro intelecto. No solamente las 
ideas inspiradas surgen por arte de encantamiento, se siguen, se 
encadenan ellas mismas y se expresan con rapidez, a veces de un modo 
febril.

Casi todos los autores, escritores, oradores y poetas, son médiums en 
ciertos momentos; tienen la intuición de una asistencia oculta que les 
inspira y participa en sus trabajos. Así lo confiesan ellos mismos en 
sus horas de expansión.

Tomás Paine, escribía:
“No hay persona alguna que, habiéndose ocupado de los progresos del 
espíritu humano, no haya hecho esta observación: que existen dos 
clases bien distintas de lo que se llama ideas o pensamientos: las que 
son producidas por nosotros mismos, por la reflexión, y las que se 
precipitan por si mismas en nuestro espíritu. Yo me he formado una 
regla, de escoger siempre con delicadeza a estos visitantes 
inesperados y de buscar con todo el cuidado de que soy capaz si 
merecen mi atención. Yo declaro que a estos huéspedes extraños es a 
quienes debo todos los conocimientos que poseo.”
Emerson habla en estos términos del fenómeno de la inspiración: “Los 
pensamientos no me vienen sucesivamente como en un problema de 
matemáticas, mas, penetran por ellos mismos en mi intelecto, 
semejantes a un relámpago que brilla en las tinieblas de la noche. La 
verdad me llega, no por el razonamiento, sino por la intuición”

La rapidez con que Walter Scott, el bardo de Aven, escribía sus 
novelas, era un asunto de asombro para sus contemporáneos. He aquí la 
explicación que de ella daba Walter:
“Muchas veces me he puesto a trabajar, habiendo compuesto el cuadro, y 
jamás en mi vida lo he seguido. Mis dedos trabajan independientemente 
de mi pensamiento; de este modo fue como después de haber escrito el 
segundo volumen de Woodstock, no tenía la menor idea de que dicha 
historia se desarrollaría en una catástrofe en el tercero”.
Hablando del Antiquaire, decía también:
“Tengo un plan general; mas, tan pronto tome la pluma, ésta correrá 
tan deprisa sobre el papel, que a menudo me siento tentado a dejarla 
correr por sí sola, para ver si de este modo, escribe tanto como con 
la asistencia de mi mente”.
Novalis, cuyos Fragmentos y Los Discípulos de Sats, permanecerán entre 
los más potentes esfuerzos del espíritu humano, escribía:
“Parece al hombre que esté atraído a una conversión y que algún ser 
desconocido y espiritual, lo determine de una manera maravillosa a 
desenvolver los pensamientos más evidentes. Este ser debe ser superior 
y homogéneo, puesto que se pone en relación con el hombre de manera 
que no le es posible hacerlo a un ser sometido a los fenómenos”.
Recordemos también la célebre inspiración de Jean Jacques Rousseau, 
descrita por él mismo y considerada, por decirlo así, clásica:
“Marchaba a ver a Diderot, entonces prisionero en Vincennes; llevaba 
en mi bolsillo un ejemplar del Mercure de France, el que me puse a 
hojear mientras seguía andando; leyendo llegué a la cuestión de la 
Academia de Dijon, que ha dado lugar a mí primer escrito. Si jamás 
alguna cosa se ha asemejado a una inspiración súbita, es el movimiento 
que se hizo en mí con esta lectura; de pronto sentí mi espíritu cegado 
por mil luces; multitud de ideas vivas se presentan a la vez con una 
fuerza y una confianza que me lanza en una turbación inexplicable. 
Sentí mi cabeza presa de un aturdimiento parecido a la embriaguez. Una 
violenta palpitación me oprime, eleva mi pecho; no pudiendo respirar 
andando, me dejé caer al pie de los árboles de la avenida, y allí pasé 
una media hora en tal agitación, que, al levantarme, percibí toda la 
parte delantera de mi chaleco, mojada por las lágrimas que había 
derramado sin sentirlas. ¡Oh! ¡Si hubiese yo podido escribir la cuarta 
parte de lo que había sentido bajo la sombra de aquel árbol!; con qué 
claridad hubiese hecho ver todas las contradicciones del sistema 
social; con qué fuerza habría expuesto todos los abusos de nuestras 
instituciones; con qué sencillez habría demostrado que el hombre es 
bueno por naturaleza… Todo lo que he podido retener de aquellas 
multitudes de grandes verdades, que durante un cuarto de hora me 
iluminaron bajo aquel árbol, ha sido fácilmente derramado en mis tres 
principales escritos, esto es, mi primer discurso: el de la 
Desigualdad y el Tratado de la Educación… El resto todo se ha 
perdido y no hay otro escrito sobre el lugar mismo que la prosopopeya 
de Fabricios”.

El caso de inspiración mediúmnica más extraordinario, quizá, en los 
tiempos modernos, es la de Andrew Jackson Davis, llamado también 
el “vidente de Poughkeepsie”. Este personaje aparece en la aurora del 
neo-espiritualismo americano como una especie de apóstol de un potente 
relieve. Gracias a una facultad sin rival, ha podido ejercer una 
influencia irresistible sobre su época y sobre su país.
Tomamos los siguientes detalles de la obra de Emma Harding, titulada 
Espiritualismo moderno americano:
“A la edad de quince años, el joven Davis, se hizo célebre de pronto 
en Nueva York y en Connecticut por su habilidad en diagnosticar las 
enfermedades y en prescribir un remedio, gracias a una asombrosa 
facultad de clarividencia. De temperamento enfermizo y delicado, el 
joven curandero poseía un grado de cultura intuitiva que compensaba su 
ausencia total de educación, y una elegancia mundana que no podía 
esperarse de su muy humilde origen, ya que era el hijo y el aprendiz 
de un pobre zapatero del país.
Por azar, había sido magnetizado, a los catorce años, por un tal 
Livingston, de Poughkeepsie, quien, descubriendo que el mozo zapatero 
poseía asombrosos poderes de clarividencia y un don extraordinario 
para curar las enfermedades, lo retiró de su taller y se lo asoció.
Después que el azar hubo descubierto a M. Livingston los dones 
maravillosos del joven Davis, el tiempo de este último, estuvo siempre 
tan ocupado, que, ni ahora, ni en ninguna época de su carrera, pudo 
hallar el descanso necesario para añadir ni una jota al flaco bagaje 
de su instrucción rural. El humilde rango, los limitados medios de sus 
padres, habían privado a Davis de toda suerte de cultura, salvo 
durante cinco meses, en los que frecuentó la escuela del pueblo y los 
rudos habitantes de los distritos atrasados. La extraordinaria 
celebridad que ha alcanzado ha hecho públicas los menores detalles de 
su infancia; está, pues, perfectamente comprobado que su más alta 
ciencia, a la época que podía llamarse de su iluminación espiritual, 
se limitaba a saber leer, escribir y contar someramente; y toda su 
literatura se resumía en un cuento titulado “Los tres españoles”.
Davis tenía dieciocho años cuando anunció, a un círculo de admiradores 
que se interesaban en su clarividencia, que iba a ser el instrumento 
de una fase nueva y asombrosa de poder espiritual, empezando por una 
serie de conferencias, llamadas a producir un considerable efecto en 
el mundo científico y sobre las opiniones religiosas de la humanidad.
Como ejecución de esta profecía, M. Davis empezó el curso de sus 
conferencias, escogiendo como su magnetizador al doctor Lyon, de 
Britgeport; por secretario al Rev. William Fishbough, y por testigos 
especiales al Rev. Y. N. Partser, R. Lapham, Esq., y al doctor L. 
Smith, de Nueva York. Además, varias otras personas de alta situación 
o de conocimientos extensos en literatura y en ciencias, estaban 
invitadas de tanto en tanto a asistir a dichas conferencias. Así fue 
como se produjo el vasto emplazamiento de conocimientos literarios, 
científicos, filosóficos e históricos, intitulado: Revelaciones 
divinas de la naturaleza. El carácter maravilloso de esta obra, 
emanando de una persona tan completamente incapaz de producirla en 
circunstancias ordinarias, excita el más profundo asombro en todas las 
clases de la sociedad”.
Las Revelaciones fueron muy pronto seguidas de La Gran Armonía de la 
era presente y de la Vida interior. Otras voluminosas producciones 
aun, adjuntas a las conferencias de Davis, a sus trabajos de editor, a 
las asociaciones que él agrupó y a su amplia influencia personal, han 
realizado una completa revolución en los Estados Unidos y en los 
espíritus de una clase numerosa de pensadores, llamados los abogados 
de la filosofía armónica; y esta revolución debe incontestablemente su 
origen al pobre mozo zapatero.
M. James Victor Wilson, de Nueva Orléans, muy conocido por sus 
trabajos literarios y autor, además, de un excelente tratado de 
magnetismo, dice, hablando de estas primeras conferencias:
“El mundo conocerá muy pronto, por M. Davis, el triunfo de la 
clarividencia y ello constituirá una gran sorpresa. En el curso del 
año anterior, este amable joven, sin educación, sin preparación 
alguna, ha dictado día tras día, un libro extraordinario, bien 
concebido, bien
trazado, tratando todas las grandes cuestiones de la época, de las 
ciencias físicas, de la Naturaleza en todas sus infinitas 
ramificaciones, del hombre en sus innumerables modos de existir, de 
Dios en el abismo insondable de su amor, de su sabiduría y de su 
potencia…
Millares de personas que le han visto en sus exámenes médicos, o en 
sus disertaciones científicas, atestiguan la asombrosa elevación de 
espíritu poseída por M. Davis en su estado anormal. Sus manuscritos 
fueron, a menudo, sometidos a la investigación de las más altas 
inteligencias del país, quienes se aseguraron, de la manera más 
profunda, de la imposibilidad de que el joven Davis hubiera podido 
jamás adquirir los conocimientos de que hacía gala en su estado 
anormal. El resultado más claro de la vida de este personaje 
fenomenal, fue la demostración de la clarividencia, y la gloriosa re-
velación de que el alma del hombre puede comunicar espiritual-mente 
con los espíritus del otro mundo, como con los de este, y aspirar a 
adquirir conocimientos extendiéndose mucho más allá de la esfera 
terrestre”.
Hemos hablado incidentalmente del método a seguir para el 
desenvolvimiento de los sentidos psíquicos. Este, consiste en aislarse 
a ciertas horas del día o de la noche, en suspender la actividad de 
los sentidos exteriores, en apartar de sí las imágenes y los ruidos de 
la vida externa. La cosa es posible aun en las condiciones sociales 
más humildes, en el seno de las ocupaciones más vulgares. Es preciso, 
por decirlo así, replegarse en sí mismo y, en la calma y el 
recogimiento del pensamiento, hacer un esfuerzo mental para ver y leer 
en el gran libro misterioso que llevarnos escrito en nosotros mismos. 
En estos momentos, apartad de vuestro espíritu todo lo que es pasajero 
terrestre, cambiante. Las preocupaciones de orden material crean 
corrientes vibratorias horizontales, que son obstáculo a las 
radiaciones etéreas y restringen nuestras percepciones. Lo contrario 
sucede con la meditación, la contemplación; el esfuerzo constante 
hacia el bien y lo bello forman corrientes ascensionales, que 
establecen la relación con los planos superiores y facilitan la 
penetración en nosotros de los efluvios divinos. Con el repetido y 
prolongado ejercicio, el ser interior se encuentra, poco a poco, 
iluminado, fecundizado, regenerado; esta obra de entrenamiento es 
larga y difícil; a veces necesita más de una existencia. Así, pues, 
nunca es demasiado pronto para emprenderla. Sus buenos resultados no 
tardarán en dejarse sentir. Todo lo que perderéis en sensaciones de 
orden inferior, lo ganaréis en percepciones ultraterrestres, en 
equilibrio mental y moral, en goces del espíritu. Vuestro sentido 
íntimo, adquirirá una delicadeza, una ansiedad extra-ordinaria; 
alcanzaréis a comunicar un día con las más altas esferas espirituales. 
Estos poderes, las religiones han buscado constituirlos por medio de 
la comunión y de la plegaria. Mas la plegaria, en uso en las iglesias, 
conjunto de fórmulas aprendidas y repetidas mecánicamente, durante 
horas enteras, es impotente para dar al alma el fervor necesario, para 
establecer el lazo fluídico, el hilo conductor por medio del cual la 
relación se establecerá. Es necesario un llamamiento, un impulso más 
vigoroso, una concentración, un recogimiento más profundo. Por eso 
tenemos siempre preconizada la plegaria improvisada, el grito del 
alma, que, en su fe y en su amor, se lanza con todo el impulso de las 
fuerzas acumuladas en ella hacia el objeto que desea.
En lugar de convidar, por medio de la evocación, a los espíritus 
celestes a descender hacia nosotros, mejor es aprender a desprendernos 
de nosotros mismos y a remontarnos hacia ellos.
Sin embargo, son necesarias ciertas precauciones. El mundo invisible 
está poblado de entidades de todos los órdenes, y el que en él penetre 
debe poseer una suficiente perfección, estar inspirado por 
sentimientos bastante elevados para ponerle al abrigo de todas las 
sugestiones del mal. Por lo menos, debe ser conducido en sus 
investigaciones por un guía seguro e ilustrado. Es por el progreso 
moral, como se obtiene la autoridad, la energía necesaria para mandar 
a los espíritus ligeros atrasados que hormiguean alrededor nuestro. La 
plena posesión de sí mismo, el cono-cimiento profundo y tranquilo de 
las leyes eternas nos preservan de los peligros, de las emboscadas, de 
las ilusiones del más allá y nos procuran los medios de controlar las 
fuerzas en acción sobre el plano oculto.

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