El Mundo Espiritual y los Fluidos

EL MUNDO ESPIRITUAL Y LOS FLUIDOS
(por Gabriel Delanne de su libro “El Alma es Inmortal”)

LAS FUERZAS

Citemos de nuevo a nuestro instructor espiritual. (Allan Kardec, “La 
Génesis).

«Si uno de esos seres desconocidos que conservan su existencia efímera 
en el fondo de las regiones tenebrosas del Océano; uno de esos poli-
gástricos, de esas nereidas -miserables animálculos que no conocen de 
la naturaleza más que los peces ictiófagos y las selvas submarinas-, 
recibiese de repente el don de la inteligencia, la facultad de 
estudiar su mundo y de establece sobre sus apreciaciones, un 
razonamiento conjetural extendido la universalidad de las cosas, ¿qué 
idea se formaría de la naturaleza viviente que se desarrolla en su 
medio, y del mundo terrestre que no pertenece al campo de sus 
observaciones?

«Si ahora, por un efecto maravilloso de su nuevo poder, e: mismo ser 
llegaba a elevarse por encima de sus tinieblas eternas a la superficie 
del mar, no lejos de las opulentas orillas de una isla de vegetación 
espléndida, expuesta al sol fecundo, dispensador de un benéfico calor, 
¿qué pensaría entonces sobre sus juicios anticipados de la creación 
universal, teoría que borraría muy pronto por una apreciación más 
amplia, pero relativamente tan incompleta como la primera? ¡Tal es, 
hombres, la imagen de vuestra ciencia, completamente especulativa!…

«Hay un fluido eterno que llena el espacio y penetra los cuerpos; ese 
fluido es la materia cósmica primitiva, generatriz del mundo y de las 
cosas. Al éter son inherentes las fuerzas que han presidido las 
metamorfosis de la materia y las leyes necesarias e inmutables que 
rigen el mundo físico. Estas fuerzas múltiples, indefinidamente 
variadas según las combinaciones de la materia, localizadas con 
arreglo a las masas, diversificadas en su modo de acción, según los 
medios y las circunstancias, son conocidas en la Tierra con el nombre 
de gravedad, cohesión, afinidad, atracción, magnetismo, electricidad; 
los movimientos vibratorios del agente son los de: sonido, calor, luz, 
etc.

«Ahora bien; por la misma razón que sólo hay una sustancia simple, 
primitiva, generatriz de todos los cuerpos pero diversificada en sus 
combinaciones, igualmente todas esas fuerzas dependen de una ley 
universal, diversificada en esos efectos, que se encuentra en su 
origen, y que en los decretos eternos ha sido soberanamente impuesta a 
la Creación para constituir su permanente armonía y estabilidad.

«La naturaleza jamás está en oposición a sí misma. El blasón del 
Universo sólo tiene una divisa: Unidad. Remontando la escala de los 
mundos, se encuentra la unidad de armonía y creación al mismo tiempo 
que una variedad infinita en este inmenso semillero de estrellas; 
recorriendo los diferentes grados de la vida, desde el último de los 
seres hasta Dios, la gran ley de continuidad se da a conocer. 
Considerando las fuerzas en sí mismas, se puede formar una serie cuya 
resultante confundiríase con la generatriz y la ley universal.

«Todas estas fuerzas son eternas y universales como la Creación; 
siendo inherentes al fluido cósmico, obran necesariamente en todo y 
para todo, modificando su acción por su simultaneidad o su sucesión; 
predominando aquí, borrándose más lejos, potentes y activas en ciertos 
puntos, latentes o lentas en otros; pero, finalmente, preparando, 
dirigiendo, conservando y destruyendo los mundos en los diversos 
períodos de la vida, gobernando los trabajos maravillosos de la 
naturaleza en cualquier punto que se ejecuten, asegurando para siempre 
el eterno esplendor de la Creación.»

Es difícil explicar mejor o expresar de una manera tan elevada como 
concisa, todos los resultados que la ciencia nos da a conocer.

No está en poder del hombre crear la energía o destruir la que existe; 
todo lo que puede hacer es transformar un movimiento en otro. El mundo 
de la mecánica no es una manufactura que crea energía -dice Balfour 
Stewart (“La Conservación de la Energía)-, sino una especie de mercado 
al que podemos aportar una clase particular de energía y cambiarla por 
un equivalente de otro género de energía que nos convenga más… Si 
llegamos sin llevar nada en las manos, estemos seguros de volver sin 
nada.

Es absurdo -dice el Padre Secchi- admitir que el movimiento en la 
materia bruta pueda tener otro origen que no sea el movimiento mismo.

Así, la energía no puede ser creada, pues está establecido que no 
puede destruirse. Allí donde cesa un movimiento aparece inmediatamente 
el calor, que es una forma equivalente de ese movimiento. Es ésta una 
gran verdad que ha sido formalizada bajo el nombre de ley de 
conservación de la energía, idéntica a la ley de conservación de la 
materia.

Del mismo modo que la materia no puede ser aniquilada, únicamente pasa 
por transformaciones, la energía es indestructible y no experimenta 
más que cambios de forma. Hasta el siglo XIX, la vida cotidiana 
parecía suministrar, en apariencia, motivos para creer que la energía 
era parcialmente suprimida.

La gloria de haber demostrado experimentalmente que ni una sola 
fracción de energía se pierde y que la cantidad total de energía de un 
sistema cerrado es invariable, pertenece a J.R. Mayer, médico de 
Heilbronn (reino de Wurtemberg), en el Danois Colding, y al físico 
inglés Joule. Esta demostración, conocida bajo el nombre de teoría 
mecánica del calor, es una de las obras más admirables y más fecundas 
del siglo XIX. Descubriendo qué cantidad exacta de calor corresponde a 
cada trabajo, es decir, la cantidad de energía en movimiento, la 
ciencia ha hecho dar a la industria mecánica pasos gigantescos. 
Aplicando estos datos a la química, ha permitido clasificarla en las 
ciencias exactas, es decir, aquéllas cuyos fenómenos pueden ser 
reducidos a fórmulas matemáticas; en fin, en fisiología, estos 
conocimientos han permitido encontrar la medida exacta de la 
intensidad de toda fuerza vital.
Pero no se limita ahí el estudio experimental de la energía; se ha 
podido demostrar que las formas diferentes que adopta: calor, luz, 
electricidad, etc., pueden transformarse las unas en las otras, de 
manera que cualquiera de estas manifestaciones puede engendrar a todas 
las otras.

De estos descubrimientos experimentales se deriva que las fuerzas 
naturales (así es como se las llama todavía hoy), no son otra cosa que 
manifestaciones particulares de la energía universal, es decir, en 
último análisis, modos de movimiento. El problema de la unidad y de la 
conservación de las fuerzas ha sido, pues, resuelto por la ciencia 
moderna.

Se ha podido comprobar en el Universo entero la unidad de los dos 
grandes principios: fuerza y materia.
El anteojo y el telescopio han permitido que viéramos que los planetas 
solares son mundos como el nuestro por su forma, su constitución y el 
papel que desempeñan. Pero no es solamente nuestro sistema el que 
obedece a esas leyes; todo el espacio celeste está poblado de 
creaciones semejantes, que establecen la similitud de organización de 
las masas totales del Universo, a la vez que la uniformidad sideral de 
las leyes de la gravitación.

El sol y las estrellas, las nebulosas y los cometas, han sido 
estudiados por el análisis espectral, que ha demostrado que estos 
mundos tan diferentes están compuestos de materiales semejantes a los 
que nosotros conocemos sobre nuestra Tierra; la estructuración química 
y física de los átomos es la misma que la de aquí; es, pues, en todo y 
por todo, la unidad fundamental incesantemente diversificada.

¡Qué magnífica confirmación de esta voz del espacio que anunciaba, 
hace ya de esto más de cien años, que la fuerza es eterna, y que las 
series de estados semejantes de sus combinaciones tienen una 
resultante común confundiéndose con la generatriz, es decir, con la 
ley universal!

Así pues, fuerza única, materia única, indefinidamente variadas en sus 
manifestaciones, son las dos causas del mundo visible. ¿Existe otra 
invisible y sin peso? Volvamos a interrogar a nuestros instructores 
del más allá. Ellos responden afirmativamente, y nosotros creemos que, 
incluso en esto, la ciencia no los desmentirá.

EL MUNDO ESPIRITUAL 
(Allan Kardec “La Génesis”, cap XIX)

«El fluido cósmico universal es, así se nos ha enseñado, la materia 
elemental primitiva cuyas modificaciones y transformaciones 
constituyen la innumerable variedad de los cuerpos de la Naturaleza. 
Principio elemental universal que ofrece dos estados distintos: el de 
eterización o de imponderabilidad, que se puede considerar como el 
estado normal primitivo, y el de materialización o de ponderabilidad, 
que no es, en cierto modo, más que consecutivo. El punto de contacto 
es el de la transformación de fluido en materia tangible, pero aun en 
dicho punto, no hay transición brusca, pues se pueden considerar 
nuestros fluidos imponderables como un grado intermedio entre los dos 
estados…

«En el estado de eterización, el fluido cósmico no es uniforme; sin 
dejar de ser eterizado, sufre modificaciones tan variadas en su 
género, y más numerosas tal vez, que en el estado de materia tangible.

«Estas modificaciones constituyen fluidos distintos que, aunque 
proceden del mismo principio, están dotados de propiedades especiales 
y dan lugar a los fenómenos particulares del mundo invisible.

«Aun siendo relativos, esos fluidos tienen para los espíritus una 
apariencia tan material como la de los objetos tangibles para los 
encarnados, y son para ellos lo que para nosotros las sustancias del 
mundo terrestre; las elaboran y las combinan para producir efectos 
determinados, como hacen los hombres con sus materiales; no obstante, 
por procedimientos diferentes.

«Pero allá, como aquí, sólo es dado a los espíritus más ilustrados 
comprender el papel de los elementos constitutivos de su mundo. Los 
ignorantes del mundo invisible son tan incapaces de explicar los 
fenómenos de que son testigos, y a los que concurren con frecuencia 
maquinalmente, como los ignorantes de la Tierra lo son de explicar los 
efectos de la luz o de la electricidad ni de decir cómo la ven o la 
entienden.»

Este razonamiento es totalmente justo, pues, interrogad al azar a diez 
personas que pasen por la calle, y preguntadles cuáles son las 
operaciones sucesivas de la digestión o de la respiración; podéis 
estar seguros de que nueve entre diez no podrán responderos. Sin 
embargo, la enseñanza está ya bien difundida en nuestra época. ¡Pero 
cuán pocos se toman la molestia de aprender o de reflexionar!

«Los elementos fluídicos del mundo espiritual escapan a nuestros 
instrumentos de análisis y a la percepción de los sentidos, hechos 
para la materia tangible y no para la materia etérea. Los hay que 
pertenecen a un medio tan diferente del nuestro, que no las podemos 
definir sino por comparaciones tan imperfectas como aquéllas por las 
que un ciego trata de formarse una idea de la teoría de los colores.

«Pero, entre esos fluidos, algunos están íntimamente ligados a la vida 
corporal, y pertenecen, en cierto modo, al medio terrestre. A falta de 
percepción directa, se pueden observar sus efectos y adquirir sobre su 
naturaleza conocimientos de cierta precisión. Este estudio es 
esencial, pues es la llave de una infinidad de fenómenos inexplicables 
si sólo tenemos en cuenta las leyes de la materia.

«El punto de partida del fluido universal es el grado de pureza 
absoluto del que nada puede darnos una idea: el punto opuesto es su 
transformación en materia tangible. Entre estos dos extremos, existen 
innumerables transformaciones que se aproximan más o menos a una o a 
otra. Los fluidos más próximos a la materialidad, los menos puros por 
consiguiente, componen lo que se puede llamar la atmósfera espiritual 
terrestre. Es en ese medio, en el que se encuentran fluidos de 
diferentes grados de pureza, de donde los espíritus encarnados y 
desencarnados de la Tierra sacan los elementos necesarios a las 
características de su existencia. Estos fluidos, por sutiles e 
impalpables que sean para nosotros, no dejan de ser de una naturaleza 
grosera, comparados con los fluidos etéreos de las regiones superiores.

«La calificación de fluidos espirituales, no es rigurosamente exacta, 
puesto que, en definitiva, es siempre materia más o menos 
quintaesenciada. Lo único realmente espiritual es el alma o principio 
inteligente. Pero se les designa así por comparación y en razón sobre 
todo de su afinidad con los espíritus. Se puede decir que es la 
materia del mundo espiritual: es por esta razón que se les llama 
fluidos espirituales.

«¿Quién conoce, por lo demás, la constitución íntima de la materia 
tangible? No es compacta más que con relación a nuestros sentidos; lo 
prueba la facilidad con que es atravesada por los fluidos espirituales 
(podemos añadir hoy también los rayos X y las emanaciones 
radioactivas) y los espíritus, a los cuales no opone mayor obstáculo 
que el que los cuerpos transparentes oponen a la luz.

«La materia tangible, que tiene por elemento primitivo el fluido 
cósmico etéreo, ha de poder, al disgregarse, volver al estado de 
eterización, como el diamante, el más duro de los cuerpos, puede 
volatilizarse en gas impalpable. La solidificación de la materia no 
es, en realidad, más que un estado transitorio del fluido universal, 
que puede volver a su estado primitivo cuando las condiciones de 
cohesión dejen de existir.

«¿Quién sabe si en el estado de tangibilidad la materia no es 
susceptible de adquirir una especie de eterización que le dé 
propiedades particulares? Ciertos fenómenos que parecen auténticos así 
lo hacen suponer. No poseemos aún más que retazos del mundo invisible, 
y el porvenir nos reserva sin duda el conocimiento de nuevas leyes que 
nos permitirán comprender lo que todavía es un misterio para nosotros.»

Veamos ahora, por medio de los descubrimientos modernos, si estas 
concepciones son exactas.

LA ENERGÍA Y LOS FLUIDOS

Hasta ahora la ciencia oficial ha negado la existencia de los estados 
imponderables de la materia. Actualmente, la negación no es 
posiblemente tan absoluta, pues toda una categoría de fenómenos nuevos 
ha venido a mostrarnos a la materia revestida de propiedades que se 
estaba lejos de suponerle.

La materia radiante de los tubos de Crookes revela las energías 
intensas que parecen adheridas a las últimas partes de la sustancia; 
los rayos X, que tienen origen en el sitio donde los rayos catódicos 
vienen a herir el vidrio de la botella, son aún más singulares, puesto 
que se propagan casi a todos los cuerpos y tienen propiedades 
fotogénicas sin ser visibles por sí mismos. En fin, los experimentos 
espiritistas de Wallace, de Beattie y de Aksakoff, nos muestran 
fotografiados esos estados de la materia invisible que concurren en la 
realización de los fenómenos.
El Dr. Baraduc, el comandante Darget, el Dr. Adam, el Dr. Luys, M. 
David, y los experimentos de M. Russell, ponen en evidencia esas 
fuerzas materiales que emanan constantemente de todos los cuerpos, 
pero especialmente de los cuerpos vivos, y los clisés que se obtienen 
son testigos irrecusables de la existencia de los fluidos.

Asistimos, pues, actualmente, a la demostración científica de estos 
estados imponderables de la materia, tan obstinadamente rechazados 
hasta ahora. Nos hallamos una vez más, con que la enseñanza de los 
espíritus se confirma, y que la prueba de la veracidad de estas 
revelaciones es suministrada por investigadores que no comparten 
nuestras ideas, por lo que no se puede, por consiguiente, sospechar de 
complacencia.

Cuando hablamos de fluidos es necesario que el público se habitúe a 
ver en esta expresión algo más que un término vago, destinado a 
disfrazar nuestra ignorancia. Es necesario estar bien persuadido de 
que nos hallamos constantemente sumergidos en una atmósfera invisible, 
intangible para todos nuestros sentidos, pero que es tan real, tan 
existente, como el aire mismo.

¿No hemos visto a las más grandes inteligencias del siglo, a los más 
hábiles analistas, químicos y físicos vivir en contacto continuo con 
el argón, ese gas que forma parte integrante del aire, sin que 
sospechasen su presencia? Este ejemplo debe inspirar modestia a todos 
los que proclaman orgullosamente que lo saben todo y que la Naturaleza 
no tiene ya misterios para ellos. ¡Ay! La verdad es que todavía somos 
muy ignorantes, y que nuestra existencia transcurre en un lugar del 
que no conocemos más que una pequeña parte.

Lo que debemos comprender bien, es que la atmósfera que nos rodea 
contiene seres y fuerzas de las que somos incapaces de apreciar su 
presencia. El aire está poblado de miríadas de organismos vivientes, 
infinitamente pequeños, los cuales no turban su transparencia. En el 
azul traslúcido de un hermoso día de verano revolotean en el aire 
innumerable cantidad de semillas vegetales que irán a fecundar las 
flores; al mismo tiempo el espacio está lleno de millares de seres, a 
los cuales se les ha dado el nombre de microbios.
Todos los seres evolucionan en medio de gases de los que nada nos 
revela su existencia. El ácido carbónico, producido por todo lo que es 
viviente o se consume, o se mezcla a los gases constitutivos del aire, 
sin que sea posible sospecharlo. Casi todos los cuerpos emiten vapores 
que se ahogan en ese laboratorio límpido, y el ojo permanece ciego 
para todos esos cuerpos tan diversos y, sin embargo, cada uno con su 
utilidad.

Nuestros sentidos tampoco nos advierten de esas corrientes que surcan 
el globo y que enloquecen la brújula durante las tempestades 
magnéticas. La electricidad sólo muy raramente se manifiesta bajo una 
forma apreciable para nosotros; pues no sólo existe en el momento en 
que el rayo surca la nube o el zumbido del trueno repercute a lo 
lejos; obra perpetuamente por lentas descargas, por cambios renovados 
sin cesar entre todos los cuerpos de temperaturas diferentes. La 
propia luz no se percibe más que en límites muy estrechos. Sus radios 
químicos, que tienen una acción tan intensa, escapan completamente a 
nuestra vista.

Estamos bañados, penetrados por todos esos efluvios en medio de los 
cuales nos movemos, y la Humanidad ha vivido mucho tiempo antes de 
conocer estos hechos que, no obstante, siempre han existido. Han sido 
precisos los descubrimientos de la ciencia para crearnos sentidos 
nuevos más poderosos, más delicados que los que le debemos a la 
naturaleza. El microscopio nos ha revelado el átomo viviente, lo 
infinitamente pequeño; la placa fotográfica es a la vez tacto y retina 
de una delicadeza y de una agudeza de visión incomparables.

El colodión registra las vibraciones etéreas que nos llegan desde los 
planetas invisibles, perdidos en las profundidades del espacio, y nos 
revela su existencia. Registra los movimientos prodigiosamente rápidos 
de la materia quintaesenciados; reproduce fielmente esa luz oscura que 
todos los cuerpos irradian durante la noche. Si nuestra retina tuviese 
esa exquisita sensibilidad, veríamos tanto en la oscuridad como en la 
claridad, puesto que quedaría impresionada por esas ondas 
ultravioleta, lo mismo que queda impresionada por la parte visible del 
espectro.

Pues bien, esta placa maravillosa, el colodión, nos presta aún el 
servicio de hacernos conocer los fluidos que emanan de nuestro 
organismo y que penetran en él. Nos muestra con una irresistible 
certeza, que existen a nuestro alrededor fuerzas, es decir, 
movimientos de la materia sutil que se diferencian unos de otros por 
caracteres particulares, por una firma especial. Ya no es posible 
dudar de esos aspectos, de esas transformaciones de la materia.

Hay a nuestro alrededor una atmósfera fluídica incorporada a la 
atmósfera gaseosa, penetrándola por todas partes. Sus acciones son 
ininterrumpidas: es todo un mundo tan variado, tan diverso en sus 
manifestaciones invisibles como lo es la naturaleza física, es decir, 
la materia visible y ponderable. Existen fluidos groseros, igual que 
los hay quintaesenciados. Unos y otros tienen propiedades inherentes a 
su estado vibratorio y molecular que hacen de ellos sustancias tan 
distintas entre sí como pueden serlo para nosotros los cuerpos sólidos 
de los gaseosos.

Pero, ¡cuántas energías se manifiestan en ese medio! ¡Qué cambios a la 
vista, qué movilidad, qué plasticidad la de esa materia sutil! ¡Cuánto 
difieren de la pesada, compacta y rígida sustancia que conocemos! La 
electricidad nos permite juzgar de la instantaneidad de sus 
transformaciones; es un prodigio, una fiebre perpetua. He aquí la 
fluidez ideal para las creaciones tan ligeras, tan vaporosas, tan 
inestables del pensamiento. Es la materia del sueño en su impalpable 
realidad.

Estudiando la materia gaseosa, llegamos a figurarnos esos estados 
transcendentales. Bajo la forma radiante, ya vemos a los átomos 
moverse a velocidades fantásticas, y producir fenómenos cuya 
intensidad, en comparación a la masa de materia puesta en juego, es 
realmente formidable, y esta energía nos hace comprender la fuerza en 
sus manifestaciones superiores, en la luz, en la electricidad, en el 
magnetismo, que son debidas a ondulaciones rapidísimas del éter.

Es admisible que estos átomos animados de velocidades rectilíneas 
enormes, girando sobre sí mismos con una rapidez vertiginosa, 
desarrollen una fuerza centrífuga que anule la atracción terrestre. 
Sí, es más que probable que se diferencien entre sí por la cantidad de 
fuerza viva que individualmente contienen, y podemos entrever la 
inagotable variedad de agrupamientos que se producen entre esas 
innumerables formas de la sustancia.

Es el mundo espiritual que nos rodea, nos compenetra, y en el cual 
vivimos; es a través de él que entramos en relación con nuestro 
organismo fluídico; es porque poseemos este periespíritu por lo que 
nos es posible obrar sobre este mundo visible de la carne; es por 
nuestra constitución espiritual que los espíritus pueden llegar hasta 
nosotros e influenciarnos. Pero sólo en el época actual ha sido 
posible darnos cuenta experimentalmente de esta realidad.

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