Curiosa Experiencia Tiptológica

CURIOSA EXPERIENCIA TIPTOLÓGICA

(Por Manuel S. Porteiro, de la recopilación póstuma de sus textos 
hecha por el profesor Jon Aizpúrua en el libro, publicado por 
Ediciones CIMA, “Espiritismo Doctrina de Vanguardia”)

Uno de los tantos hechos que tienen lugar en los centros y sociedades 
espiritistas y a los cuales se les da muy escasa importancia cuando no 
llevan la firma de un sabio que los acredite.

El experimento tiptológico referido por el dramaturgo español Jacinto 
Benavente, transcrito en la revista La Idea (julio de 1929), trae a mi 
memoria un hecho análogo que, aunque en los anales del Espiritismo 
abundan como estos a centenares, no estará de más hacerlo público, 
siquiera sea para contestar a cierta categoría de “sabios” que afirman 
que los espiritistas, encariñados con el aspecto moral de sus 
doctrinas, sólo se nutren de la “fe religiosa” que les “impone” la 
creencia anticipada de ultratumba y los “discursos morales de los 
médiums parlantes” y que no cuentan en su haber un solo hecho 
experimental que no se lo hayan apropiado de la experiencia ajena.

El hecho de referencia tuvo lugar en una sesión espiritista celebrada 
en mi casa hace a la fecha unos quince años.

Unas diez personas nos reuníamos alrededor de una mesa de tres patas. 
Desde hacía tres meses veníamos celebrando asiduamente experimentos 
por medio de ella, y todos estos experimentos nos habían resultado 
infructuosos. La mesa, es cierto, se levantaba sobre dos de sus patas, 
se balanceaba, se inclinaba hacia determinadas personas como si 
quisiera demostrarles simpatía o desafecto y contestaba 
tiptológicamente con un sí o con un no convencional a las preguntas 
que se le hacían; pero durante todo ese tiempo nunca se dignó 
responder satisfactoriamente a nuestras exigencias de identificación.

Cuando se le preguntaba por el nombre o apellido del “espíritu” que 
decía comunicarse, empezaba, por ejemplo, golpeando una J, luego una 
u, después una a, y cuando suponíamos, naturalmente, que iría a 
terminar su nombre con una n o na, ponía, en cambio, una t o una x y 
tras ellas, una serie interminable de consonantes, hasta agotar 
nuestra paciencia y dar por terminada la sesión.

Así transcurrieron tres meses, sirviendo nosotros, personas serias y 
animados de los mejores propósitos, de diversión y de mofa a esas 
fuerzas o inteligencias extrañas, que así lo querían. Hasta que una 
noche la mesa se levantó sobre dos de sus patas con más ánimo e 
independencia que de costumbre, y empezó luego a danzar, como si quien 
la manejaba estuviese muy alegre y tuviese ganas de divertirse.

Interrogué a la mesa, invitando a la entidad que la movía a contestar 
a nuestras preguntas, pero lo hizo en la misma forma burlesca que las 
demás veces. Cansado de ese procedimiento y después de inútiles 
tentativas para lograr algo “serio”, me decidí a cambiar de táctica, 
considerando que, a veces, el fin justifica los medios.

Parece -le dije- que persistes en divertirte a costa de nuestra 
seriedad.
Sí -fue la contestación.
Esto no está bien; en tal caso permitidnos una satisfacción recíproca, 
a fin de que saquemos algún provecho de esta diversión. Y, no 
ocurriéndoseme otra cosa, le dije: ¿Es cierto que los espíritus pueden 
ver los objetos ocultos?
Un golpe contestó afirmativamente.
– Pues bien: ¿Podrías dar tantos golpes con la pata de la mesa como 
monedas tengo yo en el bolsillo del pantalón? (Advierto que yo lo 
ignoraba en absoluto)
-Sí -contestó la mesa con un golpe afirmativo. 
-Comienza -le dije.

Y la mesa dio siete golpes bien marcados. Iba a poner en evidencia la 
contestación del espíritu, cuando súbitamente se me ocurrió 
preguntarle cuántos centavos contenían las siete monedas. Interrogué y 
la mesa dio sesenta y cinco golpes.

Conté las monedas y su contenido, y todo resultó exacto, de una 
rigurosa exactitud: seis monedas de diez y una de cinco. 

Ante el éxito alcanzado -éxito que no habíamos podido lograr en tres 
meses, y de acuerdo con los consejos de que no deben hacerse preguntas 
frívolas ni dar acceso a esta clase de experimentos-un joven 
estudiante chileno, que formaba parte de nuestro grupo, estimulado por 
los buenos resultados obtenidos, quiso interrogar a su vez:
– ¿Podrías decirme qué es lo que tengo en el bolsillo del chaleco?
– La mesa dictó: pua. 
– ¿Qué más?
– Bobo.

El joven se manifestó satisfecho en cuanto a la primera respuesta: en 
efecto tenía en el bolsillo indicado una púa con que en sus horas de 
solaz tañía la bandurria, instrumento al cual era muy afecto; pero no 
así en cuanto a la segunda, que lo dejó desconcertado y un tanto 
pesaroso, pues creyó que el espíritu le había tratado de bobo, de 
tonto, por haberle preguntado una cosa de la cual él tenía 
conocimiento, y todos creímos igual. 

Pero una vez terminada la sesión y después de habernos mostrado los 
objetos, se pudo apreciar -gracias a uno de los asistentes que conocía 
el significado que, en jerga “arrabalera” tiene el término “bobo”- 
todo el alcance de la prueba.

El joven en cuestión tenía en el bolsillo del chaleco, a más de la 
púa, un reloj al que, la gente del “bajo fondo”, llama “bobo” y cuyo 
significado desconocía su poseedor. Por otra parte, la palabra no era 
familiar a ninguno de los asistentes y el que conocía su significado 
ignoraba que el joven usase tal prenda.

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