Control Universal de la Enseñanza de los Espíritus

Si la doctrina espírita fuese una concepción meramente humana no tendría otra garantía que las luces de quien la hubiera concebido. Ahora bien, nadie en este mundo podría abrigar la pretensión fundada de poseer sólo para sí la verdad absoluta. Si los Espíritus que la han revelado se hubiesen manifestado a un hombre solamente, nada garantizaría su origen, pues sería preciso creer en la palabra del que dijera haber recibido de ellos su enseñanza. En caso de que se admitiera una absoluta sinceridad de su parte, a lo sumo podría convencer a las personas con quienes estuviera relacionado; conseguiría adeptos, pero nunca llegaría a congregar a todo el mundo.

Dios ha querido que la nueva revelación llegase a los hombres por un camino más rápido y de mayor autenticidad. Por eso encargó a los Espíritus que la transportaran desde uno a otro polo, y que se manifestaran en todas partes, sin conceder a nadie el privilegio exclusivo de oír su palabra. Es posible engañar a un hombre, incluso este puede engañarse a sí mismo, pero no hay lugar a dudas cuando millones de personas ven y oyen lo mismo: eso es una garantía para cada uno y para todos. Por otra parte, es posible hacer que un hombre desaparezca, pero no se puede hacer que desaparezcan las masas; es posible quemar los libros, pero no se puede quemar a los Espíritus. Aun así, aunque se quemaran todos los libros, no por ello la fuente de la doctrina dejaría de ser inagotable, puesto que no se encuentra en la Tierra, sino que brota en todas partes y todos pueden apagar su sed en ella. A falta de hombres para difundirla, siempre habrá Espíritus, que llegan a todos sin que nadie pueda llegar hasta ellos.

En realidad son los propios Espíritus quienes hacen la propaganda, con la ayuda de innumerables médiums a los que ellos estimulan en todas partes. Si sólo hubiera habido un único intérprete, por más favorecido que estuviese, el espiritismo apenas se conocería. Incluso, ese intérprete, sea cual fuere la clase a la que perteneciera, habría sido objeto de prevenciones por parte de muchas personas, y no todas las naciones lo habrían aceptado. En cambio, como los Espíritus se comunican en todas partes, en todos los pueblos, así como en la totalidad de las sectas y de los partidos, todo el mundo los acepta. El espiritismo no tiene nacionalidad, no forma parte de ningún culto en particular, ni es impuesto por ninguna clase social, porque cualquier persona se halla en condiciones de recibir instrucciones de sus parientes y de sus amigos de ultratumba. Era preciso que así fuera, para que pudiese convocar a todos los hombres a la fraternidad. Si el espiritismo no hubiese permanecido en un terreno neutral habría alimentado las disensiones, en vez de apaciguarlas.

La universalidad de la enseñanza de los Espíritus constituye el poder del espiritismo. Ahí reside también la causa de su rápida propagación. Mientras que la palabra de un solo hombre, aunque este contara con el concurso de la prensa, tardaría siglos para llegar a los oídos de todos, ocurre que millares de voces se hacen oír simultáneamente en todos los lugares de la Tierra, para proclamar los mismos principios y trasmitirlos tanto a los más ignorantes como a los más sabios, a fin de que nadie sea desheredado. Se trata de una ventaja de la que no ha gozado ninguna de las doctrinas que aparecieron hasta ahora. Por consiguiente, dado que el Espiritismo es una verdad, no le teme al desprecio de los hombres, ni a las revoluciones morales, ni a los cataclismos físicos del globo, porque nada de eso puede afectar a los Espíritus.

Sin embargo, esa no es la única ventaja que deriva de su excepcional posición. El espiritismo encuentra en ella una garantía todopoderosa contra los cismas que podrían suscitarse, tanto por la ambición de algunos como por las contradicciones de determinados Espíritus. Sin duda, esas contradicciones constituyen un escollo, pero un escollo que lleva consigo el remedio para su propio mal.

Es sabido que los Espíritus, a causa de la diferencia que existe entre sus capacidades, lejos están en lo individual de poseer la verdad absoluta;

que no a todos les está dado el penetrar ciertos misterios;

que el saber de cada uno es proporcional a su purificación;

que los Espíritus vulgares no saben más que los hombres, e incluso saben menos que ciertos hombres;

que entre ellos, tanto como entre los hombres, los hay presuntuosos y pseudocientíficos que pretenden saber lo que ignoran; sistemáticos que adoptan sus propias ideas como verdades;

por último, que sólo los Espíritus de la categoría más elevada, los que ya están absolutamente desmaterializados, son los que se han despojado de las ideas y de los prejuicios terrenales.

No obstante, también se sabe que los Espíritus engañadores no tienen reparo en adoptar nombres que no les pertenecen, a fin de que se acepten sus utopías. De ahí resulta que, en lo atinente a todo lo que esté fuera del ámbito de la enseñanza exclusivamente moral, las revelaciones que cada uno pueda recibir tendrán un carácter individual, sin la certeza acerca de su autenticidad; y deben ser consideradas como opiniones personales de tal o cual Espíritu, de modo que sería imprudente admitirlas y propagarlas a la ligera como verdades absolutas.

El primero de los controles es, con toda seguridad, el de la razón, a la que es necesario someter sin excepciones todo lo que proviene de los Espíritus. Una teoría en evidente contradicción con el buen sentido, con una lógica rigurosa y con los datos positivos que se poseen, debe ser rechazada, por más respetable que sea el nombre con que esté firmada. Sin embargo, en muchos casos ese control resultará incompleto debido a los deficientes conocimientos de ciertas personas, como también a la tendencia de muchos a considerar su propia opinión como juez exclusivo de la verdad. En semejante caso, ¿qué hacen los hombres que no depositan una confianza absoluta en sí mismos? Buscan el veredicto de la mayoría y adoptan como guía la opinión de esta. Así se debe proceder respecto a la enseñanza de los Espíritus, pues ellos mismos nos proporcionan los medios para hacerlo.

La concordancia en la enseñanza de los Espíritus es, pues, el mejor control. Con todo, es necesario realizarlo conforme a determinadas condiciones. La menos segura de todas es que el propio médium interrogue a Espíritus diferentes acerca de un punto dudoso. Evidentemente, si él estuviera bajo el dominio de una obsesión o tratara con un Espíritu engañador, ese Espíritu podría manifestarle la misma cosa con nombres diferentes. Tampoco hay una garantía suficiente en la conformidad que haya en lo que se puede obtener a través de varios médiums en un mismo centro, porque es posible que todos estén bajo la misma influencia.

La única garantía seria en relación con la enseñanza de los Espíritus está en la concordancia que debe existir entre las revelaciones hechas espontáneamente, a través de un número importante de médiums de lugares diferentes, que no se conozcan entre sí.

Se entiende que no se trata aquí de comunicaciones relativas a intereses secundarios, sino de las referidas precisamente a los principios de la doctrina. La experiencia demuestra que cuando se debe revelar un principio nuevo, este es enseñado espontáneamente en diferentes puntos, al mismo tiempo y de una manera idéntica, si no en cuanto a la forma, al menos en lo relativo al fondo.

Por consiguiente, si satisface a un Espíritu formular un sistema excéntrico, basado exclusivamente en sus ideas y ajeno a la verdad, téngase por seguro que ese sistema quedará circunscrito y caerá ante la unanimidad de las instrucciones que se proporcionen en todas partes, como ha quedado demostrado en abundantes ejemplos.

Precisamente, a la unanimidad se debió el fracaso de los sistemas parciales que surgieron en los orígenes del espiritismo, cuando cada cual explicaba los fenómenos a su modo, antes de que se conociesen las leyes que rigen las relaciones entre el mundo visible y el mundo invisible.

Esa es la base en que nos apoyamos cuando enunciamos un principio de la doctrina. No se debe a que por estar conforme con nuestras ideas lo tomamos por verdadero. No nos colocamos, en absoluto, como juez supremo de la verdad, ni tampoco decimos a nadie: “Creed en tal cosa porque nosotros lo decimos”. Desde nuestro punto de vista, nuestra opinión sólo es una opinión personal, que puede ser verdadera o falsa, puesto que no nos consideramos más infalibles que otros.

Tampoco consideramos que un principio sea verdadero por el hecho de que nos lo hayan enseñado, sino porque ha recibido la sanción de la concordancia.

En la posición en que nos encontramos, dado que recogemos comunicaciones de cerca de mil centros espíritas serios, diseminados por los más diversos puntos del globo, estamos en condiciones de analizar los principios en que se basa la concordancia. Ese análisis nos ha guiado hasta hoy, y habrá de guiarnos en los nuevos campos que el espiritismo está llamado a explorar. Así, mediante el estudio atento de las comunicaciones provenientes de diferentes lugares, tanto de Francia como del extranjero, reconocemos, por la naturaleza absolutamente especial de las revelaciones, que el espiritismo tiende a ingresar en un nuevo camino, y que le ha llegado el momento de dar un paso hacia adelante. Esas revelaciones, formuladas a veces con palabras veladas, a menudo han pasado desapercibidas a muchos de los que las han obtenido. Muchos otros creen que son los únicos que las poseen. Tomadas en forma aislada, no tendrían ningún valor para nosotros; sólo la coincidencia les confiere autoridad. Más adelante, cuando llegue el momento de darlas a publicidad, cada uno recordará haber obtenido instrucciones en el mismo sentido. Ese movimiento general, que analizamos y estudiamos con la asistencia de nuestros guías espirituales, es el que nos ayuda a determinar la oportunidad para que realicemos o no alguna cosa.

Ese control universal constituye una garantía para la unidad futura del espiritismo, y anulará todas las teorías contradictorias. De ese modo se buscará en el porvenir el criterio de la verdad. Lo que determinó el éxito de la doctrina formulada en El Libro de los Espíritus y en El Libro de los Médiums, fue que en todas partes todos pudieran recibir, directamente de los Espíritus, la confirmación acerca del contenido de esos libros. Si de todas partes los Espíritus hubieran venido a contradecirlo, haría mucho tiempo que esos libros habrían sufrido la suerte de las concepciones fantasiosas. Ni con el apoyo de la prensa se hubieran salvado del naufragio, mientras que, privados incluso de ese apoyo, no han dejado de abrirse camino y de avanzar rápidamente. Esto se debe a que han recibido el apoyo de los Espíritus, cuya buena voluntad no sólo compensó sino superó la mala disposición de los hombres. Del mismo modo sucederá con todas las ideas que, emanadas de los Espíritus o de los hombres, no puedan superar la prueba de dicho control, cuyo poder nadie puede discutir.

Supongamos, por lo tanto, que ciertos Espíritus quieran dictar, bajo cualquier denominación, un libro en sentido contrario; supongamos además que con una intención hostil y con el propósito de desacreditar la doctrina, la malevolencia suscitase comunicaciones apócrifas; ¿cuál sería la influencia que podrían ejercer esos escritos, si en todas partes fueran desmentidos por los Espíritus? Necesitamos como garantía la adhesión de estos últimos, antes de lanzar algún sistema en su nombre. Del sistema de uno solo, al sistema de todos, existe la misma distancia que va desde la unidad al infinito.

¿Qué podrán conseguir los argumentos de los detractores, por encima de la opinión de las masas, cuando millones de voces amigas provenientes del espacio llegan de todas partes del universo, para combatir tenazmente tales argumentos en el seno de cada familia? Al respecto, ¿la teoría no ha sido confirmada ya por la experiencia? ¿Qué ha sido de todas esas publicaciones que, según decían, pretendían aniquilar al espiritismo? ¿Cuál es la que siquiera ha frenado su marcha? Hasta el presente no se había enfocado esta cuestión desde ese punto de vista: uno de los más importantes, sin duda. Cada uno contó consigo mismo, pero no contó con los Espíritus.

El principio de la concordancia es también una garantía contra las alteraciones que, para su propio provecho, podrían introducir en el espiritismo las sectas que quisieran apoderarse de él y adaptarlo a su voluntad. Quien intentara desviarlo de su objetivo providencial fracasaría, por la sencilla razón de que los Espíritus, en virtud de la universalidad de su enseñanza, echarían por tierra cualquier modificación que se apartara de la verdad.

De todo esto se desprende una verdad fundamental: cualquiera que intentara oponer trabas al curso de las ideas, ya establecido y sancionado, podría por cierto provocar una pequeña perturbación local y momentánea, pero nunca dominaría al conjunto, ni siquiera en el presente, pero menos todavía en el futuro.

También se desprende de esto que las instrucciones que han suministrado los Espíritus, acerca de los puntos de la doctrina que aún no se han dilucidado, no se convertirán en ley mientras esas instrucciones permanezcan aisladas, de modo que no deben ser aceptadas sino con todas las reservas y exclusivamente a título informativo.

De ahí la necesidad de tener la mayor prudencia al darlas a publicidad; y en caso de que se considerase conveniente publicarlas, sólo deben ser presentadas como opiniones individuales más o menos probables, pero que en todos los casos necesitan ser confirmadas. Esa confirmación es la que se debe aguardar antes de presentar algún principio como verdad absoluta, a menos que se exponga a recibir la acusación de liviandad o de credulidad irreflexiva.

Los Espíritus superiores proceden en sus comunicaciones con suma sabiduría. Sólo abordan las cuestiones principales de la doctrina en forma gradual, a medida que la inteligencia es apta para comprender verdades de un orden más elevado, y cuando las circunstancias son propicias para la emisión de una idea nueva. A eso se debe que no hayan dicho todo desde el comienzo, ni que lo hayan hecho hasta el día hoy, pues jamás ceden a la impaciencia de las personas demasiado apresuradas que pretenden cosechar los frutos antes de que hayan madurado. Sería, pues, superfluo querer precipitar el tiempo que la Providencia asignó a cada cosa, porque entonces los Espíritus realmente serios negarían decididamente su colaboración, y los espíritus frívolos, a quienes poco les preocupa la verdad, responderían a todo. Esa es la razón por la que las preguntas prematuras siempre reciben respuestas contradictorias.

Los principios precedentes no son el resultado de una teoría personal, sino la consecuencia forzosa de las condiciones en que se manifiestan los Espíritus.

Es evidente que si un Espíritu dice una cosa en un lugar, mientras millones de Espíritus dicen lo contrario en otro, la presunción de verdad no puede hallarse de parte de aquel que es el único, o poco menos que el único, que sostiene esa opinión.

Ahora bien, que alguien pretendiera tener razón contra todos sería tan ilógico de parte de un Espíritu como de parte de los hombres. Los Espíritus que en verdad son sabios, si no se consideran debidamente ilustrados sobre una cuestión, jamás la resuelven en forma terminante; declaran que sólo la tratan desde su punto de vista y aconsejan que se aguarde la confirmación.

Por grande, bella y justa que sea una idea, resulta imposible que desde un principio congregue a la totalidad de las opiniones. Los conflictos que de ella derivan son la consecuencia inevitable de la conmoción que se produce; son necesarios incluso para hacer que la verdad resalte mejor, y es conveniente que tengan lugar al comienzo, a fin de que las ideas falsas sean pronto dejadas de lado. Los espíritas que alimenten algún temor al respecto pueden, pues, permanecer absolutamente tranquilos. Las pretensiones aisladas fracasarán, por la fuerza de las circunstancias, ante el importante y poderoso criterio del control universal.

No será a la opinión de un hombre que se aliarán los demás, sino a la voz unánime de los Espíritus. No será un hombre, ni nosotros ni cualquier otro, quien implantará la ortodoxia espírita. Tampoco será un Espíritu quien venga a imponerse a quienquiera que sea: será la universalidad de los Espíritus que se comunican en toda la Tierra por orden de Dios. Ese es el carácter esencial de la doctrina espírita; esa es su fuerza, su autoridad. Dios ha querido que su ley se apoyara en una base inconmovible, por eso no le dio como fundamento la frágil cabeza de uno solo.

Ante tan poderoso areópago, que no conoce bandos ni rivalidades celosas, ni sectas, ni naciones, caerán todas las oposiciones, todas las ambiciones, todas las pretensiones de supremacía individual, pues nos destruiríamos a nosotros mismos si quisiéramos sustituir sus decretos soberanos por nuestras propias ideas. Sólo él resolverá los litigios, acallará las disidencias y dará la razón a quien le corresponda. Ante ese imponente acuerdo de todas las voces del Cielo, ¿cuánto puede la opinión de un hombre o de un Espíritu? Menos que una gota de agua que se pierde en el océano, menos que la voz de un niño sofocada por la tempestad.

La opinión universal: ese es el juez supremo, que se pronuncia en última instancia. Esa opinión está constituida por las opiniones individuales. Si alguna de ellas es verdadera, sólo tiene en la balanza un peso relativo. Si es falsa, no puede prevalecer sobre las demás. En ese inmenso conjunto las individualidades se extinguen, lo que representa un nuevo fracaso para el orgullo humano.

Ese conjunto armonioso ya se esboza. No pasará este siglo sin que brille en todo su esplendor, a fin de disipar las incertidumbres; porque desde ahora hasta entonces, voces poderosas habrán recibido la misión de hacerse oír, de modo de reunir a los hombres bajo el mismo estandarte, tan pronto como el campo esté suficientemente labrado. Mientras tanto, aquel que fluctúe entre dos sistemas opuestos podrá observar en qué sentido se ordena la opinión general: ese será el indicio cierto del sentido en que se pronuncia la mayoría de los Espíritus en los diferentes sitios en que se comunican, y una señal no menos segura de cuál de los dos sistemas prevalecerá.

Texto extraído de la Intrucción del libro “El Evangelio según el Espiritismo” – Allan Kardec.

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